Secreto postal (última parte)


El juez dijo que si hubiese confesado la pena habría sido algo menor, pero no quise comprometer a la pobre chica. Bastante ya tendría con un hijo sin padre.
"...este Honorable Tribunal lo sentencia a purgar veinticinco años en la colonia penal para delincuentes peligrosos de la Isla de los Estados...".
El cielo gris hacía aún más tétrica la visión de la fortificación dónde pasaría mi próximo cuarto de siglo. Tal la costumbre, el Alcaide se presentó ante los nuevos reclusos. Durante unos quince minutos recitó las "normas de convivencia", luego se extendió sobre la función socializadora del Servicio Penal. Era un hombre alto de rostro indescifrable. Una adolescente lo acompañó durante todo el tiempo que duró su discurso. Incluso a la distancia se notaba que algo no estaba bien en ella. Se la notaba perdida, totalmente ajena al momento y al lugar dónde estaba su cuerpo. ¿Qué le pasa a esa niña? , pregunté en voz baja, ¿a esa? no le pasa nada, debe estar imaginando su próximo relato, tiene la manía de escribir historias y luego enviarlas, es muy buena haciéndolo. La loca de las cartas le decimos aquí…


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