el espejo de la vida














El espejo devolvió la imagen esteriotipada de lo que debía ser una mujer de mediana edad.
Los espejos se ensañan con ciertas personas, especialmente con aquellas engreídas, aunque debe reconocerse, ella no lo era. Algunos dicen que hay una maldad intrínseca en los objetos reflectantes, pero yo no les creo, y eso que no puedo decir que los espejos me tengan cariño, diría que todo lo contrario. No creo que sean malos, tal vez excesivamente sinceros, lo cual, debo admitir, raya con la maldad, pero malos-malos, seguro que no.

Abrochó el collar de cuero que él le había regalado. No le quedaba mal, tampoco bien, seamos realistas, pero debía llevarlo y punto.
Claro que más le hubiese gustado un collar de cuentas, un collar común y corriente, de esos que se compran en cualquier local de bijuterie. No era el valor lo que importaba sino la intención, como siempre se dice. Alguna vez fue halagada con ese tipo de regalos, pero esos tiempos habían quedado lejos.

Volvió a mirarse, esta vez de reojo. La visión periférica le entregó una imagen menos definida, más indulgente. No se advertían esas arrugas que tanto le molestaban. A su edad las arrugas eran normales, muy normales para quien que hayan asumido el paso del tiempo. Pero para ella no era solamente una cuestión de coquetería, ni se estaba revelando contra la naturaleza inexorable. Ella estaba enojada con su vida, con sus elecciones, en definitiva, con ella misma.  ¿Dónde había quedado esa niña que tanto prometía? ¿Dónde, esa adolescente casi brillante?
El casamiento con el novio de la niñez, los niños ya mayores, el minúsculo departamento que había decorado al gusto de ambos. Hasta aquel momento la vida había transcurrido suavemente, casi sin hacerse notar. A partir de cierto día, del cual prefiere no acordarse, se iniciaron las peleas innecesarias, los extravagantes deseos de emancipación, los egoísmos exacerbados, más peleas y el inevitable divorcio.

Muchas ilusiones y muchas pruebas con tipos que sólo deseaban tenerla horizontal. Los ciclos de ilusión - desilusión se sucedían ininterrumpidamente pero cada vez con mayor rapidez. Era buena para el sexo, siempre lo había sido. Pensó seriamente en prostituirse por dinero, pero no se animó o, mejor dicho, no terminó de decidirse. “¿Por qué no puedo tener una relación de cariño, carajo?”. Lo que más le dolía era la hipocresía del galanteo que sólo buscaba, en el fondo,  la satisfacción física. Por fin, encontró una solución intermedia, sin cariño pero sin hipocresía. Un acuerdo sexual, que le ayudaba a engañarse que podía ser amada, o al menos querida. No era lo que deseaba, pero era lo máximo que sabía, podía obtener. Demasiadas intentos como para creer que algo mejor pudiese ser posible. Sabía que podía ocultar su pasado a cualquier extraño, pero el pasado la había marcado, le había secado en muchos aspectos y eso podía leerse con claridad. “Cuánta razón tenía Cata cuando me advirtió que estaba comenzando un camino sin retorno”.

El carmesí para sus labios, que él le había indicado, acentuaba su imagen profesional. La ropa ajustada era la adecuada para los fines perseguidos. Recibió nuevamente su imagen pero esta vez nada le produjo. No era ella esa mujer que se reflejaba, su corazón quería mucho más que ser un objeto de uso.

Cuando sonó el claxon sus ojos ya se habían secado, "menos mal", no quería, ni podía mostrar tristeza. Ya tendría toda la noche para volver a llorar.










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