el francotirador (4) - a los botes












Nadie tiene dudas que vivimos en una época en que los valores se degradan a la velocidad del sonido. La cultura de los resultados ha sustituido casi totalmente a la cultura del esfuerzo; cada vez interesa menos cómo se llegó, sólo interesa dónde se llegó. No importa si la fortuna se hizo como narcotraficante o como científico, sólo importa a cuánto asciende esa fortuna; “da lo mismo que seas cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”, dice el tango “Cambalache”, que fue escrito en 1935. “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé…” comienza ese mismo tango.  Habría que decirle a Discépolo que ahora es una porquería peor que la que era en el 35. Los “códigos” han cambiado dramáticamente, ya no se respeta nada, los crímenes cada vez son más violentos, aquí se mata por matar, basta leer cualquier crónica policial para verificarlo. Pero no solamente en el ámbito policial se puede notar la debacle, la misma estructura social es cada vez más endeble. En la época de mis padres la palabra valía igual que un documento firmado, hoy sin una firma certificada nada es viable. No nos damos cuenta que somos nosotros mismos las víctimas del deterioro de los valores. El ser humano necesita confiar y la sociedad funciona en base a la confianza y no en base a los papeles. Ya no se confía ni en la propia sombra. 

Muchos matrimonios se celebran por conveniencia y eso explica la proliferación de los contratos prematrimoniales. Para la ley el matrimonio es un tipo de sociedad, la sociedad conyugal, pero al amor verdadero las formas legales le son ajenas. El matrimonio se entiende como una unión transitoria siempre a prueba. Se ha perdido el compromiso más importante, el de intentar permanecer juntos. Se prioriza el bienestar particular, como si el hombre fuera una criatura que pudiese vivir en soledad.
Una gran parte del sentido de nuestra vida está dado por quienes nos rodean. Todos hemos oído de parejas mayores en las que uno de los conyugues cuidó al otro, gravemente enfermo hasta sus últimos días, y una vez que ese murió, el otro, el “sano” lo sobrevivió poco tiempo. El cuidado de su pareja era lo que daba razón a su vida y sin esa razón el resto perdió sentido. Pero ese esas razones siguen en nuestra esencia, porque son parte de nuestra esencia, sólo que están tapadas por centenares de argumentos egoístas. Nos enfocamos en maximizar nuestro bienestar sin darnos cuenta que una parte fundamental del bienestar propio es el bienestar del resto.

Se ha olvidado la premisa básica que no hay paz si no hay justicia y quienes detentan el poder (económico, político, o el que sea), vulneran en forma sistemática las leyes, sin percibir, o bien menospreciando, que están comprimiendo el resorte en una medida que será imposible  contener.

“Lo quiero todo y lo quiero ahora”. Es cada vez más común la prostitución de estudiantes universitarias, al principio bajo pretexto de costearse sus carreras y después, una vez que se encontró el gusto al dinero fácil, para mantener un estándar de vida ostentoso. La prostitución ha dejado de ser la última salida para pasar a ser un medio adecuado. No tengo nada contra la prostitución, sí lo tengo contra la hipocresía que la rodea.

El “sálvese quien pueda” ha sustituido al “mujeres y niños primero”,  como si lo fundamental pudiese ser subplantado. Tanto intentamos preservarnos que nos perdemos irremediablemente.

Todos sabemos que este no es el camino, sin embargo seguimos abonando las prácticas individualistas. Si seguimos así, si no comprendemos que no existe la salvación personal sino la del conjunto, la única indicación pertinente será “a los botes”.

 






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