Sorpresas te da la vida (última parte - un café de mala muerte)

En algún lugar del hemisferio sur
Lunes 23 de agosto
Un automóvil se detiene frente a un café de mala muerte en una calle apartada de la antigua zona fabril. “Internet Super Rápida” mentía el cartel de la entrada. Dos jóvenes de traje oscuro y pelo demasiado corto irrumpieron en silencio. La ambientación y la limpieza del local estaban en consonancia con el paupérrimo paraje. Una mujer de aspecto vulgar los recibió con desgano. Cinco computadoras descansaban sobre un tablón rústico sostenido por dos caballetes, frente a cada una se alineaban dos sillas de armazón metálico. A simple vista no había ninguna cámara de seguridad que pudiese registrar la actividad, minutos después el sofisticado equipo electrónico confirmó la apreciación visual. Solicitaron una máquina, probaron dos o tres cosas, pagaron y se retiraron tan silenciosamente como habían llegado. “Es perfecto” dijo el más joven una vez de regreso al vehículo.
Miércoles 25 de agosto
Un hombre maduro aguardaba sentado en un gran sillón. Sentía que había desperdiciado su vida sirviendo a esa familia de hipócritas. Ninguno de los dos había sabido valorar sus servicios. A los sesenta años debía seguir trabajando cuando cualquier otro en su lugar ya sería millonario, pero él se consideraba demasiado honesto y demasiado fiel. Todos los advenedizos que vio llegar y que vio alejarse fueron mejor considerados y se retiraron ricos, todos. “Ni siquiera estoy a las órdenes del Señor, estoy a las órdenes de su perra”, se decía muy frecuentemente.
- Decile que pase. - sonó en el antiguo intercomunicador la voz cortante que él tanto temía.
- Sí señora, enseguida - la secretaria con un ademán de cabeza lo conminó a pasar. Ella también le hacía sentir su lugar.
- ¿Cómo está señora? - preguntó Andrés con tono bajo y servil.
- Te hice venir porque tengo algo muy importante para encomendarte – dijo sin levantar la vista. - Sos el hombre de máxima confianza - dijo con poca convicción.
- Me gust…
- No tengo tiempo para charlas – cortó en seco.
Andrés permanecía de pie frente al escritorio de caoba por el cual la Señora había pagado una fortuna. La muy puta no tiene conmigo la menor delicadeza.
Él ya sabía cual sería el pedido; aunque se diga lo contrario cuanto más alto es el cargo más filtraciones existen. Además, él había servido a esa familia durante años. Quizá ellos no lo recordaran pero él mismo fue quien se ocupó de las tareas “non sanctas”. Por primera vez en su vida estaba un paso adelante.
Antes de cerrar el sobre, la Señora miró la pantalla para chequear, por enésima vez, que el código extraído de la base de datos era el que señalaba al poderoso enemigo. "Ciao caro mio". Finalmente, miró a Andrés con sus preciosos ojos verdes, esos que lo cautivaron desde el primer momento. A pesar del resentimiento esa forma de mirar lo seguía conmoviendo.
- Sentate –ordenó- este sobre contiene una URL, y dos códigos. Aquí tenés escrita la dirección de un cybercafé en los suburbios, entrás a la página, cargás los códigos y volvés. Vas y venís solo. Mucho cuidado con lo que hacés, no puede haber errores. En esto va tu vida. ¿Entendiste?
- Confíe en mí, señora – alcanzó a escucharse.
La señora tenía por él tanto desprecio como confianza, pero eso no fue el único motivo de la elección, en el peor de los casos era un peón fácil de sacrificar. Le vino a la mente la mañana en la que Andrés tuvo el desparpajo de solicitarle un trato más humano. "Viejo estúpido".
Estaba cansada de los ataques de la competencia a su esposo, pero sobre todo a su empresa. Ella misma les había advertido que se dejaran de joder. “El que avisa no traiciona”, pensó.
Andrés cargó el GPS y siguió sus indicaciones. Como un misil teledirigido arribó sin titubeos al lugar. Cuatro de las cinco máquinas estaban a disposición. Le asignaron la última de la derecha. Abrió el sobre y extrajo de él una hoja escrita en Lucida Bright tamaño 15 , la tipografía preferida de la señora, indudablemente ella lo había escrito. www he.....com, "enter", 05E22855778844-1, "enter". El código del objetivo lo tomó de un papel que, prolijamente doblado aguardaba en su bolsillo; AADDSSHJQEEEGAES-7, "enter".
"Si los datos son correctos presione enter". Hizo una última revisión antes de pulsar, correcta la verificación del cliente, se dijo, correctos también los datos biométricos. Hecho. Pasados unos segundos el ordenador devolvió un lacónico “OK”. "El que avisa no traiciona", pensó.
En ese momento, del otro lado del Ecuador, Francisco recibía en su celular un críptico mensaje.
Mientras manejaba de regreso Andrés murmuró "¿quién hubiese dicho que esos ojazos verdes pudieran ser encerrados en dieciséis letras? AADDSS……..". "Se acercan tiempos de cambio", pensó entre triste y aliviado.
Jueves 26 de Agosto
Andrés llegó a su departamento algo más temprano que habitualmente. Yacían sobre la mesa varias bolsas de una exclusiva tienda de ornamentación, de una de ellas sobresalían algunos colgantes y adornos para las paredes. Era hora de completar la decoración, pensó para sí.
El ruido de la ducha y el silencio de la casa eran pruebas que su esposa estaba tomando un baño.
- Llegué amor.
- Hola amor.... no sabés qué alegría, Francisco viene a visitarnos, su vuelo llega el lunes.
- ¡Qué sorpresa!

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