strip poker

A pesar del cariño mutuo, llegó un momento en que las cenas con mis amigos terminaron siendo aburridas; todos sabíamos todo de todos, aunque ese no era el problema, el problema real era que no había nada de todo lo que sabíamos que fuera de interés. Desde que Guillermo rompió lanzas con Julia los temas de conversación se volvieron anodinos y repetitivos. Julia había resultado ser una amante pervertida y Guillermo un memorioso obsesivo. Una regla, que debiera recordarse dice: "los caballeros no tienen memoria"; se ve que Guillermo nunca la supo o bien la olvidó. Justamente el viernes pasado recordábamos con nostalgia las épocas en que siempre había algo que contar y las reuniones no alcanzaban para relatar todas las aventuras –en general bastante exageradas y algunas veces completamente inventadas-. Si bien nadie creía ciegamente lo que escuchaba, ese folklore de exageración y embuste resultaba por demás agradable y era esperado con alegría.

La casa de Roberto no es la más grande ni la más linda, pero el hecho que sea el único libre de la hermandad la convierte en el lugar excluyente de encuentro. Estábamos terminando de acomodar la vajilla en la alacena y los restos del modesto festín semanal el refrigerador, cuando a Juan se le ocurrió la peregrina idea de convocar a una profesional del sexo. Carlos, hizo un llamado a la reflexión y a la cordura, pero el aburrimiento y el alcohol dieron por tierra con su gestión de buenos oficios. Carlos no insistió demasiado y se terminó plegando a la propuesta de los libertinos. Como si se tratara de una acción muchas veces ensayada, todos los presentes sacamos el celular al mismo tiempo, los comprometidos para negociar con su pareja la tranquilidad de las próximas tres o cuatro horas y Roberto para realizar el llamado más importante de la noche.

El estado general de seis hombres maduros, luego de un largo día de trabajo y varias botellas de alcohol podría ciertamente calificarse de lamentable, lo cual no fue en absoluto motivo para rever la decisión.

Cuando Mara hizo su entrada me arrepentí inmediatamente de los excesos de comida y de la falta de ejercicio de los últimos cinco años; lamentablemente era tarde. Al menos hoy podría haber comido como un ser humano, me recriminé inútilmente. Mis amigos la miraban con una cara de embobamiento sólo comparable con la mía. La propia mujer fue la que dominó la escena desde el principio. Saludó a cada uno como si se tratase de cadetes de la marina y luego se acomodó sobre el sillón tapizado de cuero marrón. Los segundos que siguieron a su cinematográfico desplazamiento se estiraron como chicle (goma de mascar). Incapaces de articular palabra, las seis momias permanecimos petrificados frente a la dama, quizá cómo Da Vinci frente a la Mona Lisa antes de inmortalizaba. 

¿Qué quieren que hagamos chicos? La última vez que me habían dicho chicofue en la década del 60 por lo cual tardé unos segundos en entender que estaba incluido en la pregunta.



A pesar de los años vividos, ninguno de los presentes se animaba a proponer un lance final. Cada uno arriesgó alguna idea que en el mejor de los casos resultó inentendible, aquellas que lograron tomar forma demostraron inconsistencias dignas de adolescentes. Por fin Mara propuso un strip poker. Seis contra una auguraba una victoria sencilla, mucho más teniendo en cuenta que tres de los contendientes teníamos probada experiencia en probabilidad y en estadística.
El poker abierto tiene una gran cantidad de variantes lo cual permitiría suponer que es casi imposible dominarlas todas. Casi imposible. Por conocimiento o por fortuna  Mara ganaba cada una de las manos jugadas. La señorita conservaba toda su ropa mientras la nuestra se acumulaba desordenada sobre el piso. La imagen de una real hembra perfectamente cubierta y seis hombres impúdicamente ataviados tenía más de patético que de cómico, aunque de cómico tenía bastante. La mujer tuvo la decencia de no llegar hasta las últimas consecuencias y nos dejó conservar la última porción de dignidad.



El juego rápidamente llegó a su fin. Recompramos nuestra propia ropa a precio razonable, abonamos la tarifa prefijada y el taxi por adelantado. Agradeció a cada uno con un beso apasionado y profesional; antes del adiós definitivo nos entregó su tarjeta por si requeríamos nuevamente sus servicios. Ninguno de los presentes emitió palabra. Al leer la tarjeta, nos enteramos en forma tardía que Mara, su exclusiva scort ejecutiva, tenía domicilio comercial en Las Vegas - EE.UU.











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