conectados
Leí que "cada persona está conectada a cualquier otra del mundo con un máximo de cinco intermediarios, es decir, separada por una cadena de seis eslabones. Esta teoría, es denominada Seis grados de separación". Dicho en buen romance, entre un tibetano y yo habría cinco personas, de alguna manera vinculadas entre sí, que podrían lograr que nos contactáramos si esa fuera la intención. James conoce a Pedro, Pedro conoce a Manuel, Manuel a Peter, Peter a Tania y Tania al Tibetano, así funcionaría.
Si bien no quedé muy convencido con esa hipótesis, igualmente deslicé el comentario en la reunión del jueves para hacerme el informado. A todos les pareció una reverenda estupidez -incluso a mí- pero no quise dar el brazo a torcer y desafié a la peña. Me retaron a que me contacte con Roger Federer. Rápido de reflejos respondí que acceder a un famoso era muy difícil en cualquier lugar del mundo, así que les sugerí que fueran pensando en un objetivo menos conspicuo. Orgulloso de mi rapto de claridad -confirmando aquello que un momento de lucidez lo tiene cualquiera-, supuse que olvidarían del tema y me quedé tranquilo.
Roberto salió presuroso, pero cómo es de hacer cosas raras, a nadie le preocupó, y mucho menos le sorprendió, su partida intempestiva.
Pedimos una picada de la casa y cinco botellas de Quilmes. Antes que llegara el pedido, Roberto regresó con una revista bajo el brazo. Como es su costumbre, al principio se hizo el misterioso, pero al ver que nadie mostraba interés tiró la publicación sobre la mesa del bar con la misma petulancia que si hubiese tirado un fajo de diez mil dólares. Ahí tenés, James, conectate con éste. “Éste” era un marinero ruso que estaba pescando cangrejos en el Mar del Norte. Cualquier persona razonable hubiese reconocido la imposibilidad de cumplir con el pedido y el tema hubiese fenecido ahí mismo, pero yo no, porque soy lo que podría llamarse un necio de pura cepa. Arranqué con rabia la hoja con la foto del ruso, dejé $150 para pagar la parte de la comida que no comí y de la bebida que no bebí y salí caliente sin saludar a nadie. De lo primero que me arrepentí fue de haber dejado $150; con $80 ó $90 hubiese sido más que suficiente, pero la cagada estaba hecha y no quería volver.
Me acosté a las tres de la mañana después de googlearcinco horas seguidas. Cuatro horas después estaba caminando como un autómata hacia la Embajada con un manojo de hojas impresas, la foto de un barbudo y un sueño de morirse. Le dije al empleado -que tenía de ruso lo que yo tengo de islandés- que se trataba de un familiar lejano al que le tenía que entregar una carta de la madre. Estuve más de media hora tratando de explicarle por qué no le mandaba un fax, un mail, o directamente la carta por Fedex o DHL. No pareció muy convencido pero igual me dijo que haría lo posible. Mientras esperaba escuché que decía: afuera está esperando un gay que tiene fantasías con un marinero ruso. Mandé una puteada al aire y me fui al carajo.
Otra vez estaba caminando como un autómata, perdón, como un pelotudo, pero esta vez peor porque no sabía dónde ir. La mano de Dios me guió por Av. De Mayo y la primera vez que levanté la vista tenía frente a mí la entrada principal de un astillero, de las oficinas centrales de un astillero, para ser más exacto. Cuando mostré la foto del ruso, la recepcionista largó una carcajada; por suerte apareció un señor mayor disfrazado de capitán de barco que sin haber escuchado nada pareció comprender toda la situación. El tipo fue tan amable y empático que resultó fácil sincerarme. Con una sonrisa asintió a cada uno de mis párrafos. Pidió que lo aguarde y volvió con un gran mapa dónde figuraban las corrientes marinas y una tremenda cantidad de flechas y signos extraños que supongo deben servir para la navegación. El Capitán me indicaba la zona donde operan los barcos pesqueros y mientras lo hacía me rodeó con su brazo a la altura de la cintura. Mandé la enésima puteadadel día y volví a la calle como un… ya saben cómo.
No sé si fue porque el Capután -sí, Capután- llamó a la cana, pero antes de haber llegado a la esquina un taquero ordenó que me detenga. Me llevaron al Departamento Central y me interrogaron por contrabando de estupefacientes. Cuando le conté el motivo por el cual estaba buscando a ese tipo, me dijeron que no los tome por pelotudos y me dieron un par de castañazos como para que no me vuelva a hacer el vivo. Me tomaron las huellas digitales, me sacaron varias fotos contra una pared con rayas horizontales y hasta me hicieron participar en una rueda de reconocimiento, dónde alguien detrás de un vidrio espejado debía identificar entre varios reos a un delincuente. Uno de los reos era yo; imagínense el momento.
Una vez que se dieron cuenta que no tenía nada que ver me pidieron disculpas, pero antes de largarme me "solicitaron" que vea unas fotitos de delincuentes prófugos. No me van a creer pero el ruso barbudo estaba entre los buscados. Yo me hice el gil y no dije nada.
Llegué a la parada del colectivo todavía temblando y me coloqué en la fila. Un tipo alto ocupaba el primer lugar y detrás una mujer bastante mal vestida. En cierto momento, la mujer le hace una pregunta al tipo de adelante. Él barbudo se dio vuelta y con un acento rarísimo y una expresión muy poco amable contestó, mi no entiende. Inmediatamente me di cuenta quien era ese oso rubio... pensé cinco segundos y salí como eyectado. La puta que te pario Roberto, gritaba mientras corría

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