desbarrancando.
Contaba mi viejo, ya fallecido hace varios años, que en su época la palabra empeñada tenía el valor de un documento firmado. Hoy en día tener confianza es un acto suicida.
Al principio en forma lenta, y cada vez con mayor velocidad, los valores sociales se van desdibujando y ya no queda claro qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. En ese sentido, es muchísimo lo que los políticos en general, y los gobernantes en particular, han hecho y hacen para que la sociedad se siga disgregando.
La justicia se ha corrompido hasta límites insospechados y ya no es secreto que el narcotráfico ha infiltrado todos los estamentos de poder. Yo me pregunto si alguien cree que esta situación es sostenible en el tiempo. La relación justicia – paz es una relación directa, si se resiente una se resiente la otra, si desaparece una, desaparece la otra. No hay paz si no hay justicia; y no se trata de un planteo purista, se trata de un planteo de supervivencia básica. Cuando los delincuentes toman consciencia que rara vez son atrapados y cuando eso sucede, los abogados los liberan, y cuando no pueden liberarlos logran que les apliquen penas muy leves que además, sólo en pocos casos terminan siendo de cumplimiento efectivo, la delincuencia se dispara a tasas chinas –como ahora está de moda decir-. Y la delincuencia es un desvío social pero sirve como parámetro para el comportamiento de los ciudadanos “decentes”. Por qué alguien aceptaría mansamente ser multado con una infracción de tránsito cuando un violador está libre por un “error técnico” en la forma de tomar su declaración. El paso siguiente a la no aceptación de las infracciones menores es la desobediencia a las convenciones sociales, entonces se avanza sobre el derecho del vecino, del peatón, del automovilista, del propietario, del inquilino. Se ingresa a un estado anárquico dónde desparecen los límites. Cuando las personas toman consciencia de ese estado de las cosas, se producen grandes movimientos sociales, sólo al principio pacíficos.
En una sociedad incierta y disgregada se pierde la noción de responsabilidad social y sólo se piensa en uno mismo. Inmersos en la confusión, se ha perdido de vista que no es posible la “salvación” individual.
Muy pocas personas conservan hoy el orgullo del trabajo bien hecho. Esa carencia se hace crítica en la profesión médica, porque podemos aceptar que el arquitecto diseñe una pared dónde no debe, pero no que un cirujano corte la arteria equivocada. Cuando el médico se equivoca, un seguro de mala praxis cubre parte de su error. A su vez, la existencia de ese tipo de seguros incentiva a inescrupulosos a fraguar causas contra los médicos y así siguiendo.
La vocación es una palabra olvidada, los jóvenes que estudian, eligen sus futuras profesiones teniendo en cuenta sólo la rentabilidad. La cultura del esfuerzo se ha perdido y sólo los resultados económicos cuentan a la hora del balance. El Estado está ausente en las áreas dónde debiera y está presente dónde no se necesita.
Sepan disculpar este salpicado de desesperanza, pero es como hoy veo el futuro.
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