el amigo invisible
Nadie envidia verdaderamente, ni odia verdaderamente al extraño. Ninguna pasión se desata sobre quien no se conoce o sobre alguien con quien no se tiene contacto. Ninguna mujer envidia verdaderamente a Madonna, pero toda mujer envidia a la vecina, o a la compañera de trabajo o inclusive a la hermana, tan superficial y obtusa y con un esposo celestial. Yo no soy la excepción, odio a Raquel, la secretaria del Director; una mujer que exprime hasta la última gota la pequeña dosis de poder que supone la cercanía al poder verdadero. No la envidio, la odio, verdaderamente la odio, que quede claro. Decía Nietzsche que no se odia a quien se considera menos, que siempre se odia al superior, pero ese no es mi caso, Nietzsche se equivocó conmigo; Nietzsche se puede equivocar, es humano y les ruego no me contradigan porque no es momento.
No siempre odié a Raquel, o si, no sé, pero no puedo olvidar la cena de fin de año. Raquel ha bautizado a ese encuentro hipócrita y mentiroso: “la última cena” y todos los pelotudos así la llaman ahora, menos yo, que podré ser pelotudo pero no obsecuente.
Desde el primer día hábil de noviembre Raquel comienza romper las bolas con la organización de “la ultima cena” y del infaltable “amigo invisible”. El primer año me re-cagaron, gasté una fortuna en una corbata de seda italiana y recibí una camisa a lunares china. No tengo nada contra los chinos pero hacen una ropa de mierda. Lo peor de todo es que una de las reglas del puto jueguito es que hay que utilizar el regalo en el trabajo, así que un día entero fui el destinatario de todas las bromas del mundo y aún hoy, tres años después, me siguen llegando correos con fotos de ese maldito día. No me pregunten cómo, pero me enteré que la camisa vino de parte de la turra de Raquel. Lo que disfrutó esa guacha de mi reacción no tiene nombre. Tuve que poner mi mejor cara de pajero y agradecerle al amigo invisible, que se supone no se sabe quién es. Yo sí lo supe hija de puta…
De la segunda cena preferiría no acordarme. Mi amiga invisible fue Raquel. Cuando saqué su nombre de la bolsa tuve la sensación que la venganza era inevitable. Sentí el guiño de un Dios justo que reclamaba justicia. Le compraría un vibrador y a ver si lo iba a usar en la oficina.
Busqué un sexshop alejado de mi barrio por lo que estuve manejando como un tarado más media hora. Me atendió un joven que no parecía estar muy de acuerdo con el sexo que le tocó en el reparto, pero en honor a la verdad fue muy atento y diligente. ¿Qué buscás amor?, amor las pelotas pensé, pero contesté otra cosa, buscaba un vibrador, para usar con mi novia ¿viste?, si, si,contestó con una sonrisa pícara que demostraba en forma inequívoca que me consideraba parte de su gremio. ¿Qué medida buscás, dulce?, dulce y la puta madre que te parió, me contuve, más de veinticinco centímetros, vocalicé con la poca dignidad que me quedaba; mmmm goloso, golosa tu hermana hijo de un vagón de putas, así está bien, muchas gracias, opte por responder y salí con la velocidad de un preso después de treinta años de cárcel.
Busqué un sexshop alejado de mi barrio por lo que estuve manejando como un tarado más media hora. Me atendió un joven que no parecía estar muy de acuerdo con el sexo que le tocó en el reparto, pero en honor a la verdad fue muy atento y diligente. ¿Qué buscás amor?, amor las pelotas pensé, pero contesté otra cosa, buscaba un vibrador, para usar con mi novia ¿viste?, si, si,contestó con una sonrisa pícara que demostraba en forma inequívoca que me consideraba parte de su gremio. ¿Qué medida buscás, dulce?, dulce y la puta madre que te parió, me contuve, más de veinticinco centímetros, vocalicé con la poca dignidad que me quedaba; mmmm goloso, golosa tu hermana hijo de un vagón de putas, así está bien, muchas gracias, opte por responder y salí con la velocidad de un preso después de treinta años de cárcel.
Aprovechando un momento de distracción y con el sigilo propio de un monje shaolin caminando sobre papel de arroz, coloqué el regalo dentro de un gran contenedor pomposamente nombrado como “muestras sinceras de cariño y amistad” por, se imaginan, la víbora de Raquel. Para que no me reconocieran la letra llegué a hacer escribir "Raquel" al portero del edificio, al cual además tuve que sobornar para asegurar la ignorancia de mi esposa.
Sin ningún suceso memorable terminó la cena. Algún mamado, algún comentario fuera de lugar, alguna compañera con la falda demasiado corta o el escote demasiado pronunciado, en fin, lo esperable en cualquier fiesta que se precie. Yo apenas comí, todo el tiempo estuve imaginando a Raquel desencajada, me proyecté riendo mientras la espuma verde saldría de su boca, disfrutando sus exabruptos, gozando de su descenso oprobioso hasta el último círculo del infierno. Y finalmente el momento llegó, tal la costumbre el Director comenzó la repartija de regalos, a Carlos una lapicera, a María una blusa, a Pedro un libro de filosofía y a Raquel… una cartera de cuero marrón.
¡ Tu regalo vibra, James !, dijo el Director mientras me lo entregaba.
¡ Tu regalo vibra, James !, dijo el Director mientras me lo entregaba.
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