hablando del enmascarado

Como esos pintores frustrados que empecinadamente siguen produciendo obras que nadie ve y que nada dicen, el enmascarado persiste en escribir textos insignificantes. 
¿Escribirá por costumbre, por aburrimiento, por necesidad de comunicación, o simplemente compelido por su esencia obsesiva? Ni él mismo lo sabe.

Sábato decía que sólo debe escribir quien tenga algo para decir, y yo estoy de acuerdo, porque hay días en que las ideas explotan como flores en primavera para luego fluir simples y agradables como el agua clara de un río de llanura, otros días surgen igualmente irrefrenables, aunque confusas y turbulentas, hay otros en que ninguna idea se concreta, esos son los días verdaderamente grises, los que nada dejan y sólo consumen precioso tiempo de vida. En esos días planos nadie debería escribir; pero el enmascarado es terco y persiste en rascar el cuenco vacío del que sabe sólo saldrán ideas resecas que ni siquiera a él motivan, pero igual persevera, no se da por vencido ni aún vencido, porque aprendió que darse por vencido es una actitud y la vieja cabra enfrenta la pendiente una y otra vez, porque sospecha que algún día podrá conquistarla.

Aprecio al enmascarado vehemente que expone sus ideas con brutalidad, aunque dos o tres días después no entienda en su totalidad que quiso decir, sin embargo al que elijo, con el que realmente me identifico, es con el enmascarado alegre y aporteñado que escribe feliz pensando que sus amigos reirán con sus disparates.


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