la clase de yoga
Se supone que la práctica de yoga es para señoras mayores y tipos afeminados, pero el dolor de cintura doblego a todos mis preconceptos. De alguna manera ya había cruzado la línea imaginaria cuando hace un tiempo incursioné en el aquagym, con lo cual la nueva capitulación no resultó tan traumática; a pesar de eso, mantuve este nuevo desvío a buen resguardo del conocimiento de la barra de amigotes.
Tal mi costumbre, llegué a La Casa de Mantra con tiempo más que suficiente. La profesora era una mujer que daba perfectamente el physique du rol, lucía lo que podría denominarse la vestimenta adecuada y la actitud era la correcta. Aboné un trimestre por adelantado por el solo hecho de generarme una obligación adicional; mientras lo hacía, Mantra me instruyó acerca de la modalidad de la práctica, de los horarios y de la composición del grupo: serán cinco, cuatro señoras y vos.
Sentado sobre una colchoneta demasiado dura, aspiraba el aire perfumado por un saumerio que olía a sándalo, cuando entró la primer señora, que de señora poco tenía. Calculé que debía ser tan vieja como mi hija menor, o quizá algo menos. Las otras tres compañeras llegaron juntas casi sobre la hora y también eran mujeres jóvenes. La suposición no se había cumplido ya que ellas no eran señoras mayores ni yo afeminado, aunque, a juzgar por la manera de mirarme, dificulto que las mujeres estuviesen demasiado convencidas de eso último. No importaba, en unos minutos demostraría la superioridad masculina en cuestiones físicas.
Conservo de la adolescencia la costumbre de ocupar los últimos lugares; en aquellos años tomar la retaguardia tenía algún tipo de justificación, pero ahora, cuando la vista falla y el oído está algo perezoso, conservar ese hábito es definitivamente ridículo, no obstante me coloqué en la última fila de colchonetas. Desde esa posición pude observar como cuatro traseros perfectos realizaban los primeros estiramientos.
No sé si será de conocimiento público pero, por si no lo es, les adelanto que tenemos muchos músculos y todos pueden experimentar dolores intensos.
Desconozco si se trató de algún tipo de venganza de género, pero la profesora se ensañó con el hombre mayor de la última fila. Mientras las damas doblaban su cuerpo como si no tuviesen huesos, mis articulaciones se negaban a flexionarse y mis músculos a contraerse a pesar de un esfuerzo supremo. En un determinado momento el nervio ciático dijo presente y se declaró protagonista. Varias veces estuve a punto de gritar de dolor pero el orgullo pudo más. Mientras sufría doblado, llegué a la conclusión que las famosas asanas fueron inventadas por algún masoquista oriental peleado con la vida.
Los minutos pasaban lentamente mientras la música hindú marcaba el ritmo de mi padecer. Justo cuando Jesús, Buda, o ambos, decidieron que el vía crucis había sido completado, la profesora indicó que la sesión de tortura estaba terminada. Llegó el momento de la meditación y se nos indicó que debíamos concentrarnos únicamente en la respiración; tampoco pude cumplir con esa consigna ya que en lo único que podía concentrarme era en mi condenado ciático.
La clase sesión terminó con el consabido Om Shanti. Nos saludamos con una reverencia hasta la próxima vez, que ya sabía que jamás ocurriría. Las mujeres me saludaron desde lejos como si se tratara de un violador y salieron conversando animadamente mientras que yo, bastante escorado, puse proa hacia el Peugeot repitiendo
Om Shanti... Shanti... Shanti...
Om Shanti... Shanti... Shanti...

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