los sermones del enmascarado (3) - el sexo en tu vida
Enmascarad@s: el tema que hoy nos convoca, hará que saquen a la luz lo peor de vosotros mismos; quedará expuesto vuestro espíritu arcaico y vuestra rigidez extrema. Más de uno dejará de visitarme definitivamente; sepan que no me importa, esta cruzada exige determinación y valentía y de esos atributos tengo por de más. Ya he eliminado de mi círculo a muchos indeseables y no me temblará el pulso en eliminar a otros más, ¿está claro?
Debatimos hasta el cansancio sobre la subjetividad que encierran casi todas las verdades, por lo cual hoy no voy a justificarme. Como todas las demás veces daré mi opinión sincera y, como todas las demás veces, teniendo la certeza que sólo se trata de una opinión personal. Es mi costumbre recurrir a extremos para que los ejemplos sean más claros, por lo cual les ruego que lo tengan en cuenta a la hora de interpretar la lectura.
El deseo sexual es, para que negarlo, un potentísimo motor que mueve, construye y destruye. El deseo sexual se explica por la necesidad de perpetuación de la especie, en las palabras de Nietszche: “el sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse”. Esa concepción es completamente aplicable a los animales inferiores pero tiene algunas fallas a la hora de emplearlo con el animal humano, porque los humanos se aparean más para obtener placer que para obtener descendencia. Existe otra teoría que corre a cubrir este flanco: es aquella que sostiene que, como el cachorro humano necesita de ambos padres hasta completar su desarrollo -que dura dos décadas-, el deseo sexual es el medio que tiene la naturaleza para facilitar la duración de la unión parental.
La mente humana es propensa a la perversión, como lo comprueban cientos de ejemplos, y es el sexo el área en el que la mente perversa se ha expresado más prolíficamente. Se han creado alrededor del sexo, modalidades de relación que no parecieran responder a comportamientos normales, a no ser que la humillación y la búsqueda del sufrimiento formen parte de la sanidad mental. Podré escuchar a mil personas argumentrar que los excita ser azotados y humillados, pero eso no hará que crea que ese comportamiento es parte del estándar normal de la especie.
Aprovechando la versatilidad del comportamiento sexual, se vienen haciendo desde la antigüedad infinidad de negocios vinculados al sexo, desde la actividad cuentapropista y legendaria de la prostituta, hasta las empresas dedicadas a la provisión de objetos, cada vez más extravagantes y extremos.
Dejando de lado los juicios de valor, deberíamos preguntarnos cuál es el lugar que ocupa el sexo en nuestra propia vida. Sabemos por demás que cada persona es un mundo y que lo que está bien para uno está mal para otro, pero el sentido común –el menos común de los sentidos, según dicen- debería privar a la hora de elaborar las conclusiones.
El sexo no ocupa la misma posición relativa en todos los períodos de nuestra vida. Durante la niñez es algo apenas vislumbrado, durante la vejez sólo un recuerdo y durante el período activo su importancia es variable. Además de esa primer obviedad, hay una segunda, el sexo tiene distinta importancia de acuerdo de quien se trate; lo llamativo es que las variaciones son muy grandes de persona a persona. Hay quienes lo soslayan completamente, o casi completamente y hay quienes basan su vida en él. Los extremos nunca son sanos.
Elegir una pareja por sus habilidades o dotes sexuales es desconocer que la mayor parte de la vida pasa fuera de la cama, y que las actividades más necesarias para la subsistencia no son realizadas en posición horizontal.
Reducir la relación humana a sólo un aspecto –el que fuere- es despreciar su riqueza, de igual modo, que no disfrutar el placer y la profundidad del sexo amoroso es perderse una arista importantísima de la existencia. Hay una canción en que Joaquín Sabina habla sobre una profesional cariñosa -“la Magdalena”-, el poeta escribe del “sexo con amor de los casados”. No hay que estar casado para tener sexo con amor, ni tampoco la mera relación formal es garantía de poder tenerlo, no obstante esa metáfora da una idea bastante precisa para quien quiera interpretarla.
Para quienes el sexo constituye la parte fundamental de su vida, existen modelos de relación hombre – mujer cuyo único objetivo es la satisfacción de los sentidos. Como todo vínculo incompleto, la relación sólo sexual, pronto deja de resultar satisfactoria y, para mantener al menos la tensión del principio, le dan un giro hacia la perversión. Sus practicantes, ya iniciados en la perversidad y aún más insatisfechos que antes, intentan conseguir la satisfacción redoblando la apuesta. Obteniendo justamente lo contrario a lo buscado, entran en un círculo vicioso de mayor perversión - mayor insatisfacción. Mientras descienden por el tobogán, cada vez más insatisfechos, intentan “incorporar” una idea de amor que, para concordar con esa relación devaluada, resulta ser un amor desnaturalizado y empobrecido, peligrosamente parecido a la adoración.
Si al género humano nos referimos, el sexo disociado del amor –o del cariño- es una fuente de sufrimiento, la muestra de una existencia vacía, una droga que, como tal, sólo proporciona un momento de éxtasis y muchos de dolor.

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