nadie aprende de la experiencia ajena

Pocas cosas tan ciertas como que no sirve la experiencia ajena. Parece increíble, pero es así. No obstante, como en todo lo humano, es así en algunos temas y no lo es en otros, por ejemplo, los avances científicos y tecnológicos  se basan en trabajos de otros, en estudios de otros, es decir, en experiencias de otros, pero en cuestiones vivenciales no podemos aprovechar lo que a otro le ha sucedido.
No importa que millones de personas ya se han tropezado con la misma piedra, nosotros queremos tropezar también, no queremos quedar vírgenes de ese error. Deberíamos llevar una inscripción que diga “todavía no me equivoqué en esto, pero es sólo cuestión de tiempo”. Es cierto que cada uno tiene una historia distinta y una suerte distinta, y que no necesariamente se reproducirá exactamente lo mismo, pero hay cosas que se repiten casi invariablemente y sin embargo miles de millones -no exagero- a lo largo de la historia hemos repetido y repetiremos el mismo error. Y no estoy hablando de sutilezas, estoy hablando de cagadas grandes como una casa. Todos sabemos que fumar mata –y lo dice un fumador- y sin embargo lo seguimos haciendo. ¿Creemos que tenemos los pulmones de acero?. Hay un cuento que dice que en una reunión de alcohólicos el disertante coloca un gusanito en un vaso de agua, y el gusanito repta por la superficie feliz de la vida, el disertante saca al gusanito del vaso de agua y lo coloca en un vaso lleno de alcohol; al instante el gusanito se desintegra. ¿Qué conclusión pueden sacar de esto?, pregunta al auditorio, y uno de los alcohólicos responde, que si tomamos alcohol jamás tendremos gusanos. Así somos enmascarados, un conjunto de necios repitiendo necedades
Las mujeres nos siguen haciendo sufrir y nosotros las seguimos amando; ¿hay otro ejemplo más cierto y patético? Nadie aprende de la experiencia ajena y algunas veces, ni de la propia.


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