un mecenas enmascarado (1 de 3) - Steve
Como ya seguramente saben, varios mega millonarios deben su fortuna a mi genio y brillantez.
El caso de Steve fue emblemático. Él, un típico adolescente californiano hijo de padres de clase media, deseaba convertirse en piloto profesional y manager de señoras. Malgastaba sus días construyendo un karting al que no lograba poner en marcha. Su socio y amigo tampoco sabía nada de mecánica.
Fui convocado por los padres de Steve. Prometí que enderezaría al díscolo adolescente o, de no ser eso posible, haría que el móvil arranque. Acordamos que de alcanzar ambos objetivos cobraría un jugoso plus.
Llegué al legendario garaje una mañana de julio y sorprendí a los jóvenes discutiendo por el descontrolado aumento del costo sexual. Indignado les grité que jamás debía pagarse por sexo, lo cual constituyó la primera de una larga lista de mentiras que fui desplegando mientras lo entrenaba. Retomando el tema, arribé al lugar provisto de una personal computer de última generación para la época -disco de 5 1/4" y un procesador 80286-. Steve quedó cautivado -luego me enteré que fue porque confundió el display con una televisión color y la CPU con una video casetera-. Aplicando un novedoso método de persuasión belga en una semana logré que abandone definitivamente la idea de ser campeón mundial de manejo aunque, debo reconocer, jamás resignó la ilusión de convertirse en proxeneta.
Para no aburrirlos con detalles técnicos, diré que inventé el mouse inspirándome en los roedores que abundaban en el garaje del joven, y la idea del entorno gráfico también fue una inspiración personal basada en una ventana de ese mismo garaje en la que Steve dibujaba órganos sexuales. Compartí con Steve tres semanas; antes de irme le dejé un ratón plástico, una ventana sin vidrios, la famosa computadora y unas cuantas notas donde se esbozaban las líneas principales de un sistema operativo. Dada la omnipresencia del deseo en la personalidad de Steve, le sugerí que utilice una manzana mordida como logo; tus productos deben ser objetos de deseo, pequeño saltamontes, deslicé al despedirme.
Steve jamás me perdonó no haber podido arrancar el auto y el padre no haberme podido cobrar las cenas. La madre quedó sorprendida y la hermana agradecida. Cuestión de género, enmascarados.
La forma en que siguó la historia de Steve puede ser consultada en cualquier web.
El caso de Steve fue emblemático. Él, un típico adolescente californiano hijo de padres de clase media, deseaba convertirse en piloto profesional y manager de señoras. Malgastaba sus días construyendo un karting al que no lograba poner en marcha. Su socio y amigo tampoco sabía nada de mecánica. Fui convocado por los padres de Steve. Prometí que enderezaría al díscolo adolescente o, de no ser eso posible, haría que el móvil arranque. Acordamos que de alcanzar ambos objetivos cobraría un jugoso plus.
Llegué al legendario garaje una mañana de julio y sorprendí a los jóvenes discutiendo por el descontrolado aumento del costo sexual. Indignado les grité que jamás debía pagarse por sexo, lo cual constituyó la primera de una larga lista de mentiras que fui desplegando mientras lo entrenaba. Retomando el tema, arribé al lugar provisto de una personal computer de última generación para la época -disco de 5 1/4" y un procesador 80286-. Steve quedó cautivado -luego me enteré que fue porque confundió el display con una televisión color y la CPU con una video casetera-. Aplicando un novedoso método de persuasión belga en una semana logré que abandone definitivamente la idea de ser campeón mundial de manejo aunque, debo reconocer, jamás resignó la ilusión de convertirse en proxeneta.
Para no aburrirlos con detalles técnicos, diré que inventé el mouse inspirándome en los roedores que abundaban en el garaje del joven, y la idea del entorno gráfico también fue una inspiración personal basada en una ventana de ese mismo garaje en la que Steve dibujaba órganos sexuales. Compartí con Steve tres semanas; antes de irme le dejé un ratón plástico, una ventana sin vidrios, la famosa computadora y unas cuantas notas donde se esbozaban las líneas principales de un sistema operativo. Dada la omnipresencia del deseo en la personalidad de Steve, le sugerí que utilice una manzana mordida como logo; tus productos deben ser objetos de deseo, pequeño saltamontes, deslicé al despedirme.
Steve jamás me perdonó no haber podido arrancar el auto y el padre no haberme podido cobrar las cenas. La madre quedó sorprendida y la hermana agradecida. Cuestión de género, enmascarados.
La forma en que siguó la historia de Steve puede ser consultada en cualquier web.
Comentarios
Publicar un comentario