confesiones de fin de año
El año termina enmascarados y con él 365 días de oportunidades perdidas, de noches con dolor de muelas, de decepciones deportivas y de fracasos sexuales, pero no nos ilusionemos, el año próximo será peor. No puedo encontrar la explicación, pero aseguro que cada año es peor que el anterior, como los presidentes.
No sé si les había comentado que estoy terminando la crisis de los 54 años y a punto de comenzar la crisis de los 55, porque como ya deben saber, cada enero comienzo una nueva crisis existencial que dura doce meses. Debe ser por eso que aborrezco los fines de año y también los comienzos; mi esposa dice que me siento así porque no hay fútbol. Esa podría ser una razón, y una razón de peso. Aquí dicen que el fútbol es “pasión de multitudes” y yo suscribo esa verdad; lástima que las mujeres no llegan a apreciar la plenitud que el fútbol produce, pero es entendible, porque se trata de una sensación muy profunda y Dios le ha dado a las mujeres la posibilidad de procrear y al hombre el don de entender el fútbol.
En diciembre también se bloquea mi beta creativa y mi cerebro comienza a invernar como si de un oso se tratara, pero inverna en verano lo cual empeora las cosas. Pero aunque no surjan ideas, aunque la reseca mente se niegue a responder, aunque la sinapsis neuronal iguale a la de una ameba, el enmascarado no se rendirá y de su teclado seguirán surgiendo parrafadas ininteligibles, y perlas del saber, porque el enmascarado no se da por vencido, ni aún vencido.

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