aprendiz de brujo
Los seres humanos necesitamos creer; cuando lo racional no da resultado, recurrimos a lo irracional, y es por ello que proliferan las sectas, los “manosantas”, y todo el ejército de avispados que lucran con la esperanza o con la desesperación de la gente.
No sé si les comenté que tengo sólidos conocimientos de Tarot y cartomancia. La forma en que adquirí ese saber no es del todo honorable, pero “la necesidad tiene cara de hereje”. El tío de un amigo, hoy fallecido, se dedicaba a esos menesteres y se había ganado una considerable fama en el ambiente esotérico. Entre su clientela se contaban artistas, políticos, deportistas, vedettes, etc. Esa actividad le reportaba un más que decoroso pasar económico, el cual le permitía darse unos cuantos gustos además de mantener con holgura a su hermana y sus dos sobrinos, uno de ellos, mi amigo Miguel. Jamás quiso contarnos cómo y dónde había aprendido el arte, pero no tuvo reparo en enseñárnoslo, en parte porque éramos amigos de su sobrino, pero fundamentalmente porque uno de los alumnos –que adelanto, no era yo- había sido bendecido con una tremenda pistola.
Voy a relevarlos de los detalles del tedioso aprendizaje que se alargó por más de ocho meses, con clases de tres horas diarias, cuatro días a la semana. El dotado concurrió más veces, pero tuvimos el decoro de no interrogarlo al respecto por lo cual no puedo ampliar la información.
El tío demostraba tomarse la enseñanza con gran seriedad y había planificado puntillosamente tanto la teoría como las prácticas. Rendíamos exámenes semanales y al finalizar "la maestría" fuimos sometidos a una especie de evaluación final. Una vez graduados comenzamos con las prácticas; al principio éramos meros espectadores escondidos bajo una mesa o detrás de una pesada cortina de terciopelo azul. Esa modalidad perduró hasta que uno de los alumnos tuvo tal ataque de risa, que para salir del paso el Maestro –así se hacía llamar por sus clientes- tuvo que argumentar que el joven tentado era un paciente al que estaba exorcizando. Dio la impresión que el cliente quedó satisfecho con la explicación, aunque no debió ser así porque nunca más volvió a atenderse. Estoy seguro que si el de la risa no hubiese sido el “agraciado”, nos hubiese echado a todos, porque carácter no le faltaba a ese hombre.
Luego del bochornoso momento que les refiriera, al Maestro no se le ocurrió mejor idea que hacernos vestir con una especie de toga con capucha, lo cual nos confería un aspecto francamente patético. Durante más de un semestre secundamos al tío en sus rituales adivinatorios y fuimos testigos de increíbles y vergonzosas revelaciones.
No sé si les comenté que tengo sólidos conocimientos de Tarot y cartomancia. La forma en que adquirí ese saber no es del todo honorable, pero “la necesidad tiene cara de hereje”. El tío de un amigo, hoy fallecido, se dedicaba a esos menesteres y se había ganado una considerable fama en el ambiente esotérico. Entre su clientela se contaban artistas, políticos, deportistas, vedettes, etc. Esa actividad le reportaba un más que decoroso pasar económico, el cual le permitía darse unos cuantos gustos además de mantener con holgura a su hermana y sus dos sobrinos, uno de ellos, mi amigo Miguel. Jamás quiso contarnos cómo y dónde había aprendido el arte, pero no tuvo reparo en enseñárnoslo, en parte porque éramos amigos de su sobrino, pero fundamentalmente porque uno de los alumnos –que adelanto, no era yo- había sido bendecido con una tremenda pistola.
Voy a relevarlos de los detalles del tedioso aprendizaje que se alargó por más de ocho meses, con clases de tres horas diarias, cuatro días a la semana. El dotado concurrió más veces, pero tuvimos el decoro de no interrogarlo al respecto por lo cual no puedo ampliar la información.
El tío demostraba tomarse la enseñanza con gran seriedad y había planificado puntillosamente tanto la teoría como las prácticas. Rendíamos exámenes semanales y al finalizar "la maestría" fuimos sometidos a una especie de evaluación final. Una vez graduados comenzamos con las prácticas; al principio éramos meros espectadores escondidos bajo una mesa o detrás de una pesada cortina de terciopelo azul. Esa modalidad perduró hasta que uno de los alumnos tuvo tal ataque de risa, que para salir del paso el Maestro –así se hacía llamar por sus clientes- tuvo que argumentar que el joven tentado era un paciente al que estaba exorcizando. Dio la impresión que el cliente quedó satisfecho con la explicación, aunque no debió ser así porque nunca más volvió a atenderse. Estoy seguro que si el de la risa no hubiese sido el “agraciado”, nos hubiese echado a todos, porque carácter no le faltaba a ese hombre.
Luego del bochornoso momento que les refiriera, al Maestro no se le ocurrió mejor idea que hacernos vestir con una especie de toga con capucha, lo cual nos confería un aspecto francamente patético. Durante más de un semestre secundamos al tío en sus rituales adivinatorios y fuimos testigos de increíbles y vergonzosas revelaciones.
Habiendo terminado las prácticas, el Maestro nos dejó librados a nuestra suerte, no sin antes indicarnos las reglas marketineras que debían respetarse indefectiblemente y los tips imprescindibles, entre los cuales estaba la elección de un Nick apropiado. Yo elegí “Arcano Mayor” y lo conservé mientras duró el negocio.
Al principio, la difusión de mi actividad la realicé “volanteando” por el barrio. Ofrecía adivinar el futuro, arreglar parejas rotas, deshacer maleficios, alejar fantasmas y murciélagios y todas las tareas esperables en los profesionales del rubro. Atendí a varias señoras peleadas con sus nueras, a esposas despechadas y hasta intervine en problemas entre hermanos y en desavenencias sociales. Por arte de la casualidad, o de las cartas -nunca lo sabré- muchas cuestiones se fueron solucionando y el “boca a boca” logró promocionarme increíblemente. Cómo la clientela crecía con gran rapidez, opté por abrir una “oficina” en la zona céntrica, casualmente en el mismo edificio donde atendía el Maestro.
Un verdadero acierto comercial fue atender las consultas ataviado con la toga y la capucha. No sé si fue por esa razón, pero a partir de aquel momento los ingresos treparon en forma exponencial. El espaldarazo económico me llevó a incursionar en la lectura de la borra del café, en las runas, en la interpretación del I Ching y hasta desarrollé un método de adivinación basado en las barajas francesas –un verdadero adelanto para la época-.
Tanto fue el éxito que la lista de espera llegó a los tres meses. Fui captando sin saberlo, y sin proponérmelo, mucha de los pacientes del Maestro lo cual lo predispuso definitivamente en mi contra. Realizó vanos intentos por desprestigiarme pero la performance del “Arcano Mayor” era impecable y sus esfuerzos no tuvieron resultados. Como había adelantado, el Maestro era un hombre de carácter y no se iba a dar fácilmente por vencido. El ladino, no tuvo el menor remordimiento en realizar una denuncia en mi contra por “estafa moral y material”. Para colmo de males cuando realizaron el allanamiento me encontraron ataviado con la toga, la capucha y una gorra de Los Ángeles Lakers con la visera hacia atrás. “Estás perdido, pibe”, dijo con gravedad el comisario a cargo de “Delitos Complejos”.
Estuve detenido casi dos meses. Antes de quedar en libertad tuve que romper el contrato de alquiler, donar las runas, el libro del I Ching -con anotaciones personales-, veinte kilos de café, unos cuarenta mazos de cartas, la mesa de Black Jack, un esmalte de uñas, la gorra de los Lakers y además tuve que comprometerme formalmente a no reincidir en prácticas adivinatorias de ningún tipo en el ámbito de la Capital Federal.
Por suerte pude conservar un mazo de cartas marcadas y la toga púrpura.

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