de nuevo con la felicidad
















Siempre escribo sobre las mismas cosas. No soy muy creativo y soy bastante obsesivo. Cuando agarro un tema, no lo suelto hasta que lo tengo claro o hasta que me canso; en general lo segundo.

No es ocioso hablar de felicidad, porque es lo que estamos persiguiendo cada momento de nuestra vida, lo sepamos o no, lo queramos aceptar o no, no importa, igual es así. Cada cosa que emprendemos lo hacemos con la esperanza que nos de felicidad: un nuevo trabajo, una pareja, un hijo, un libro, un acto noble… todo.

Hoy estoy absolutista y creo que lo que pienso es lo que vale –menos mal que no tengo poder, Dios es sabio- y creo que la felicidad –no sólo la mía, sino la de todos- es un estado de paz –o algo muy parecido-.

Felicidad no es el superlativo de alegría, ni parecido –como le dijo una señora a un muchacho que movía una silla para disimular el ruido de una flatulencia, “ni parecido, joven, ni parecido”-. Yo creo que en esa confusión reside el error, buscamos algo que nos ponga muy contentos, muy alegres y ese tipo de alegría es superficial. La felicidad es un estado mucho más interno, es un estado de plenitud, de tranquilidad. La felicidad no es un logro momentáneo, es el resultado de una disposición particular del espíritu. La felicidad no viene de afuera, por eso nada exterior puede proporcionarla. Felicidad no es euforia, felicidad es tranquilidad, es paz, es serenidad, es comprensión absoluta.


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