exhorto a los editores honestos de libros de autoayuda



Ya comenté demasiadas veces que he leído bastante de autoayuda. Paradójicamente nada de eso me ayudó  y no necesariamente porque todo haya sido una “chantada”,  aunque podemos convenir que es terreno propicio para el desvarío y la mentira –igual que éste, pero yo cobro nada-. Aunque para ser justo debo reconocer que hubo mucho aporte propio para que esas enseñanzas no hayan cristalizado en este servidor: incapacidad, desconfianza, rigidez, soberbia, cobardía, etc.

Pero a pesar que acabo de asumir públicamente mi ineptitud y mediocridad, igualmente sería muy injusto si además no reconociera que muchas de esas lecturas dejaron enseñanzas que fueron penetrando el duro cuero de mi entendimiento, o para ser más preciso, muchas ideas propias tomaron forma gracias a la sabiduría encerrada en las letras de esos libros -que al principio leí ilusionado esperando solucionar mi vida-. 
Tarde aprendí que el saber imprescindible está en uno, y que los buenos libros, los buenos maestros, los buenos psicólogos, incluso las religiones no son más que puentes que nos conectan con él.

Por otra parte, lo realmente importante es simple y fácilmente comprensible, lo cual nos crea la falsa ilusión que también será fácilmente asimilable y los libros no nos advierten que eso no es así.

Es por ello que exhorto, pido, reclamo, ruego, imploro a los nobles editores, que además de procurarse una vida decorosa, aclaren a sus compradores de autoayuda dos conceptos básicos:

a)   que los libros sólo le mostrarán el comienzo de un largo camino en cuyo final se encuentran las respuestas propias y

b)  que el  saber fundamental está al alcance intelectual de cualquier persona, pero que una cosa es entenderlo y otra muy distinta vivenciarlo.
Si alguno, alguna vez se dignara a incluir en el prólogo o en la contratapa esas simples advertencias, tendría mi eterno agradecimiento -y algo menos de dinero-.

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