recuerdos agridulces
Lo que van a leer es cierto. Subjetivamente cierto.
Joche fue todo un personaje. Siempre fue demasiado alto para la edad y siempre estuvo algo adelantado al resto, sin ir más lejos fue el primero en afeitarse. Carilindo, ganador, exagerado, enamoradizo. Proveniente de una familia rara en su constitución: el padre se había suicidado o lo habían matado en EE.UU., ya no recuerdo, la madre jamás salía de su casa pero de alguna manera estaba ausente, fumaba mucho y me parece que también debía tomar a juzgar por su voz y su expresión, aunque no podría jurarlo sobre la Biblia. El tío “tiraba las cartas” y supongo que era gay. Por lo demás era un hombre amable, magnético y despreocupado, siempre llevaba la camisa abierta y una gruesa cadena de oro con el símbolo de la paz. Era de ese tipo de personas que dan la impresión de tener todo bajo control.
Vivían en la misma casa, mi amigo, su hermano mayor, el tío, la madre y dos amigos del tío, de elección sexual ambigua, pero discretos y correctísimos.
Vivían en la misma casa, mi amigo, su hermano mayor, el tío, la madre y dos amigos del tío, de elección sexual ambigua, pero discretos y correctísimos.
La vida de esa familia transcurría mayormente en un amplio patio interno con techo de chapa que podía abrirse girando una manivela. Cerca de la puerta de entrada, creo recordar un juego de jardín de hierro pintado de blanco, compuesto por cuatro sillones y una mesa con tapa de mármol. Uno de los sillones era doble y estaba reservado para el carismático tío.
El tipo de construcción era lo que aquí llamamos “vivienda chorizo” porque las habitaciones estaban una a continuación de otra, como los chorizos en una ristra. Todas daban a ese patio, en una misma línea. La primera era la del tío, dónde dormía y “trabajaba” y la última la de los hermanos, creo que la segunda era dónde dormía la madre y las dos del medio, la de los “amigos de la casa”. Cada habitación tenía dos puertas, una que daba al patio y otra que comunicaba con la habitación contigua, aunque estas últimas permanecían cerradas con llave o trabadas por algún armario.
El tipo de construcción era lo que aquí llamamos “vivienda chorizo” porque las habitaciones estaban una a continuación de otra, como los chorizos en una ristra. Todas daban a ese patio, en una misma línea. La primera era la del tío, dónde dormía y “trabajaba” y la última la de los hermanos, creo que la segunda era dónde dormía la madre y las dos del medio, la de los “amigos de la casa”. Cada habitación tenía dos puertas, una que daba al patio y otra que comunicaba con la habitación contigua, aunque estas últimas permanecían cerradas con llave o trabadas por algún armario.
A pesar de esa familia poco ortodoxa, los hermanos fueron tipos bastante normales y sin demasiados complejos, aunque arrastraban algunas rarezas -como todos-. El “cabezón”, como le decíamos cariñosamente a Joche, era bastante ciclotímico; cuando estaba “bajoneado” se ponía melancólico y se le daba por escribir –como a mí-, pero cuando estaba “up” era imparable.
Escribía poesías de dudosa calidad literaria pero de innegable gancho para las chicas de nuestra edad. Un día apareció con un libro con sus poesías. El tío le había pagado una tirada de unos pocos ejemplares en edición económica. Jamás pudo vender uno. Lo había titulado "Ahora".
Llamativamente nunca tuvo novias lindas, de eso puedo dar fe, pero “encaraba” a todo lo que pasaba cerca, porque era pintón y porque se animaba; coraje no le faltaba, en lo más mínimo.
Recuerdo que un día le prestaron un auto -un Fiat 128 nuevito-, no sé bien quién, ni en qué condiciones, pero pasan por mi mente algunas ráfagas que me hacen pensar que era de una clienta del tío, o algo así. Todas las cosas de esa familia eran poco explicables por lo cual Joche evitaba dar precisiones y yo evitaba preguntar. Apenas lo tuvo en su poder me pasó a buscar; para dos adolescentes de esa época era tocar el cielo con las manos. Fuimos hasta Adrogué, a unos cuarenta kilómetros de donde vivíamos a ver a dos chicas –feas ambas-, al volver chocó a un auto estacionado. Fiel a su personalidad no se sintió culpable de nada aunque al principio se preocupó, pero una vez que se le ocurrió una forma convincente de explicar el accidente volvió a la euforia.
Cuando terminó el colegio secundario comenzó a trabajar. Los contactos de su tío le sirvieron para estar siempre bien empleado y por lo que se veía manejaba con razonable éxito su economía. A los veintisiete o veintiocho años se casó con una ingeniera de buena familia pero con una historia jodida -parece que de chica la violaba el padre-. Tuvieron dos hijos. Si bien no conocí en detalle su vida matrimonial, esa pareja nunca terminó de “cerrarme” del todo porque jamás pude verlos como una familia. Sé que tuvieron algunas idas y vueltas pero no llegaron a separarse.
Un día me avisaron que Joche se había matado en un confuso accidente de autos. En el entierro me enteré que aparentemente alguien lo estaba siguiendo y a consecuencia de eso perdió el control y volcó. Todos lo sentimos mucho pero nadie se sorprendió del todo. Al tiempo nos contaron que faltaron unos miles de dólares de su caja de seguridad, y cuando su esposa pidió los videos al Banco se comprobó que había sido él quién había visitado la caja. Eso tampoco fue sorpresivo para el grupo de amigos, supongo que tampoco para su viuda.
Muy de vez en cuando veo a su hermano, invariablemente lo nombramos pero nunca hablamos de su muerte.
Los primeros años después de su fallecimiento brindábamos por su recuerdo en todas las cenas de la barra de amigos, pero por olvido o por autoprotección dejamos de hacerlo.
Me gusta recordarlo como era en la adolescencia; me parece estar viéndolo impostando la voz y levantando la ceja izquierda, mientras les mentía a las chicas.
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