don Alberto
Un rayo, que la vieja cortina azul no llegaba a detener, lastimaba sus ojos inmóviles. No sólo la cortina necesitaba un cambio, también los papeles resecos, que hacía años habían comenzado a despegarse. María adoraba el empapelado y jamás consintió que la pintura cubriera las paredes de los cuartos; más de una pelea tuvieron por esa cuestión, pero como siempre la voz de la mujer había prevalecido. Ella fue la reina de la casa y mientras vivió todo lucía impecable, pero desde su partida nada volvió a ser igual y hasta los objetos parecían extrañarla.
Dentro del departamento-piso- era todo quietud. La penumbra sólo era interrumpida por la claridad que trasponía tímida las hendijas de los herrumbrosos postigotes. El aire se había detenido, acaso para no esparcir el hedor ácido que impregnaba sus átomos. Parecía que ese olor provenía del colchón sobre el cual Alberto se había acostado hacía tres noches. La piel se adhería a las sábanas pegajosas, pero él no deseaba moverse. El viejo bancario nunca había sentido semejante paz, ni siquiera en vida de María, su gran amor. Por primera vez, desde su viudez prematura, su corazón parecía liberado de aquel dolor indescriptible, y llamativamente, también su cintura le había dado tregua. "Debe ser por las pastillas". Un frasco de ansiolíticos descansaba vacío sobre la mesita de luz, junto a una botella de buen whisky a medio llenar que aprisionaba una carta dirigida a algún juez.
La puerta poco resistió la embestida del ariete policial. Un bombero con barbijo fue el primero en divisar al occiso. "Sí, es don Alberto", confirmó un vecino, que tampoco quiso acercarse.
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