Francisco




 











Me sorprendió la llamada de Francisco porque por lo que dedujimos durante la charla, hacía por lo menos tres años que no hablábamos pero por sobre todo porque hasta el preciso momento de la comunicación, invariablemente había sido yo quien iniciaba el contacto.

Francisco fue mi psicólogo por casi treinta años, aunque interrumpidos por larguísimos períodos sin terapia, o por alguna que otra infidelidad profesional de mi parte, no obstante, el viejo maestro siempre volvía a recibirme con afecto y alegría.

Lejos del esteriotipo froidiano, Francisco fue un padre y un amigo, y un hombre que nunca ocultó el cariño que sentía por quienes concurríamos ansiosos a encontrar alguna salida. Francisco es un profesional de sólida formación y de una gran experiencia, pero sobre todo un hombre de un gran corazón y un profundo conocedor del alma humana.

Generalmente uno comienza una terapia con la idea que alguien le va a solucionar los problemas, y la primera lección de Francisco fue que la solución está en uno mismo, que las respuestas válidas son las que residen en nuestro interior y que la función del terapeuta es la de acompañarnos en la búsqueda de esas respuestas.

Si bien, afortunadamente no tuve la necesidad de comprobarlo, siempre supe que Francisco me ayudaría más allá de la sesión semanal. No es que me lo haya dicho, pero jamás dudé que estaría a mi lado si las circunstancias lo ameritaran.

En el corto y afectivo intercambio telefónico de hoy, nos pusimos al corriente de cómo iban nuestras respectivas vidas. Me enteré con tristeza que había fallecido su esposa, pero me tranquilizó la certeza de saberlo un hombre espiritual que sabe aceptar lo inevitable. El tipo es tan especial, que hasta me resultó natural escuchar que se iba a ordenar como sacerdote.

Recuerdo dos de sus frases que a la distancia me parecen aún más sabias: “sé vos mismo” y “disfrutá lo disfrutable”.


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