los límites de la privacidad

El último posteo dejó flotando la impresión que no existe una modalidad común respecto a mantener -o no- el blog en la clandestinidad –léase, no decirle a nuestra pareja que somos autores de un blog- . Esa sensación me hizo reflexionar acerca de la necesidad y del derecho que nos asiste de preservar un espacio privado, y acerca del alcance que dicho espacio debiera tener.

Antes de comenzar con el tema específico, siento necesario compartir algunas creencias personales que me ayudarán a sustentar y, sobre todo, a explicar mi punto de vista. Remarco que sólo son creencias personales, sólo opiniones personales, sólo pareceres personales, y de ninguna manera es mi intención presentarlas como verdades absolutas, por lo que, si así suenan, espero sepan disculparme.

Creencia 1: Nadie es completamente sincero.
La sinceridad extrema no es aceptada socialmente, pero lo más importante, es innecesaria y nociva.
Un ejemplo: sé que hay personas que me quieren y sé me quieren a pesar de mis defectos - que no son pocos -. ¿Qué caso tendría que esas personas me recuerden cada día mis múltiples fallas? ¿Qué caso tiene esa sinceridad? ¿Qué aporta sacar a la superficie lo que ya se sabe?
Otro ejemplo: supongamos que el hermano de mi mejor amigo es un auténtico desquicio de persona, y supongamos también que mi mejor amigo idolatra a su hermano. ¿Alguien puede creer que le estaré diciendo a mi amigo lo que pienso de su hermano? El ya lo sabe y elige no reconocerlo, o directamente lo niega.
Hay ciertas normas de urbanidad que deben ser respetadas, a no ser que esté en nuestros planes continuar nuestra vida en una ermita; una de esas normas es evitar la sinceridad a ultranza.

Creencia 2: La sinceridad es una cuestión compartida.
Para que alguien sea sincero –aún en una medida socialmente aceptable- deberá haber alguien que permita esa sinceridad. No podemos pretender que alguien diga exactamente lo que piensa si le demostramos que su sinceridad ofende. “Con la verdad no ofendo ni temo”, es cierto, lo que no quiere decir que quien escuche la verdad no se pueda sentir ofendido. No hay sinceridad individual, la sinceridad necesita de la concurrencia de al menos dos voluntades.

Creencia 3: No hay necesidad de compartir todo lo que se conoce
Nadie debería sentir como una falta de sinceridad que no se le participe de aquello que no le concierne y que no le afecte.

Creencia 4: No es sano perder la individualidad.
Es perjudicial para el ser humano vivir violentando su esencia. En la medida que no se avasallen los derechos de otros, se debería poder vivir de acuerdo a la propia esencia, lo que equivale a decir de acuerdo a las propias creencias, de acuerdo a los gustos personales. Si bien, la vida en sociedad implica un alto grado de adaptación al entorno, a la sociedad, a la familia, a la pareja, esa adaptación no debiera conspirar contra el ser íntimo, contra el derecho a ser uno mismo. La privacidad es una faceta inextricable de la individualidad.

Creencia 5: El vínculo matrimonial es altamente restrictivo
De todas las vinculaciones sociales, es el matrimonio la que más cercena las libertades. La sociedad conyugal es la sociedad más limitante, mucho más limitante en la práctica que lo que fija su contrato original, ya sea el asumido ante la ley, o ya sea el consagrado ante Dios. Yo creo que esa restricción no es natural, sino una deformación humana, un desvío, pero así funciona el matrimonio en nuestra sociedad.

El tema en cuestión
Si bien, en la gran mayoría de los casos, es la pareja la persona sobre la que se deposita la máxima confianza, sería ilusorio que crea que es la única persona en la que se confía, del mismo modo, si bien es la pareja, en la gran mayoría de los casos, la persona que más conoce de nosotros, también sería ilusorio que creyera que lo conoce todo. Pero el meollo del asunto no es si lo conoce todo, sino si debe conocerlo todo y si tiene el derecho de conocerlo todo, lo que desemboca en otra cuestión central: el derecho a conservar un espacio individual.

Mi opinión es que se tiene derecho a mantener un espacio privado y el único límite de dicho espacio debería estar dado por el hecho de no afectar a la pareja.

El invadir ese espacio u obstaculizar su existencia, es una falta del que invade o del que obstaculiza, y está motivada, generalmente, en la necesidad de control y en la desconfianza, y lejos del amor y del afecto.

Lamentablemente, por como se entiende el matrimonio, se considera como una falta de sinceridad cualquier actividad no declarada, independientemente de lo inofensiva que puediere resultar e independientemente del grado de relación que pudiere tener con la pareja. En aras de la falsa sensación de seguridad que confiere la posesión, se sacrifica a la privacidad imprescindible.





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