Nilda y Carmen
Cuando se conocieron, mi madre aún no necesitaba atención permanente y doña Nilda cuidaba a don Jorge, un vecino de toda la vida.
Con el paso del tiempo, la memoria y el sentido común fueron abandonando a Carmen y junto con ellos fue perdiendo su independencia. Comenzaron a desfilar por su casa una lista de acompañantes sólo interesadas en el sueldo mensual y a las cuales prefiero no recordar. Un buen día, don Jorge dejó esta tierra y Dios quiso que esa tucumana septuagenaria, de enorme corazón y de responsabilidad sin límites, comenzara a atender a Carmen. No voy a extenderme en el detalle de los cuidados que ese ángel le prodiga momento a momento con inagotable paciencia, ni en la enumeración de todos los mimos con los que reconforta sus días; sólo diré que gracias a ella, Carmen está recorriendo con dignidad el final de su camino. Gracias a doña Nilda, este período que podría ser penoso, transcurre con naturalidad y hasta con alegría.
Los noventa y cinco años de edad y el deterioro mental que mi madre viene padeciendo desde hace siete u ocho años, no se condicen con su cuerpo ágil, a pesar de la reciente rotura de cadera, ni con una vitalidad digna de un infante, lo cual la convierte en una especie ardilla de cristal, inquieta y frágil. Es llamativo cuanto se parece esa anciana amorosa e hiperkinética, a un niño de tres o cuatro años, no sólo en sus movimientos e imprevisibilidad, especialmente en su inocencia y simpatía.
Carmen fue una mujer de carácter fuerte, agradecida, generosa y de gran corazón. Hoy, en sus raptos de mediana lucidez, esos rasgos se reflejan con claridad, y es doña Nilda la casi exclusiva receptora de su agradecimiento y cariño -como así también de sus berrinches y requerimientos-. "Su mamá no pierde el mando", comenta Nilda, risueña y cómplice.
Cuando desaparece la mente que controla y limita, la esencia de la persona aflora sin barreras, y el corazón generoso y agradecido de Carmen se revela nítidamente en sus gestos, ahora rústicos, en sus palabras, ahora a media lengua y en su mirada que llamativamente no ha perdido su expresividad.
Si bien a cierta edad sólo puede esperarse deterioro, el trabajo incansable de doña Nilda ha logrado increíbles mejoras en la motricidad y en el estado general de mi madre. En su orgullo de amiga y acompañante, Nilda festeja cada uno de los pequeños y efímeros logros de Carmen con el orgullo de una madre. Resulta enternecedor verlas juntas, mi mamá en su mundo, redescubriendo la casa dónde transcurrió la mayor parte de su vida y doña Nilda marcándole los límites amorosamente, con sapiencia y corazón, siguiéndola, convenciéndola para que coma y engañándola para que no deje de ingerir líquido. Como hermanas y como amigas, como madre e hija, con la particularidad que en este caso es la hija la mayor de ambas.
Doña Nilda reconstruyó el mundo de Carmen con cariño, cuidado y paciencia infinita. Doña Nilda es un ángel que Dios puso en el camino de una buena mujer.
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