París bien vale una misa

El olor a plástico nuevo le hace sentir que su sacrificio diario vale la pena. Bajo sus glúteos recién estrenados yace el cómodo asiento de la todo terreno alemana. A pesar de esa gloria mecánica, la imagen de su último amante enturbia en algo la alegría que el portentoso regalo debía proporcionarle. Infeliz… si estuviese con vos compartiría tu Fiat… quedate con tu aburrida mujer y tu vida chata. Vos te la perdiste, tarado…

El espejo retrovisor le devuelve la imagen de una cuarentona apetecible. Rozando un comando hace vascular el espejo hasta que queda dirigido a su insoslayable delantera. Mirarse las tetas siempre le levanta el ánimo. 
De facciones agradables y curvas irresistibles, la turca, se había sabido manejar en el terreno masculino. No sólo era el cuerpo, desde chica sobresalió su sensualidad y pronto aprendió cuando convenía pasar por tonta. “Es el tipo de mujer que sabe cómo usarla” dijo alguien alguna vez “y sobre todo con quién usarla”, agregó ese mismo alguien, esa misma vez.

En una suerte de compensación divina, o simple casualidad, la turca pudo contrapesar una realidad familiar adversa gracias a sus dotes innatas, ahora algo exageradas debido a su último “restyling”.
Su primer matrimonio fue por amor, por calentura, o por soledad, pero no se puede decir que haya sido por interés. No le duró demasiado, porque no es una mujer fácil, en algunos aspectos. La experiencia de varios intentos infructuosos la convenció que la lucha por la subsistencia no era para ella, y cuando apareció alguien bien posicionado, recogió las banderas del amor, y sin demora capituló frente a la comodidad y el lujo.
Por varios años disfrutó de una vida holgada hasta que el diablo metió la cola y se enganchó -clandestinamente, claro está- con un empleado del Banco de la esquina. Embriagada por el enamoramiento, al principio nada parecía importarle y hasta llegó a decir que por ese hombre dejaría todo, pero pasado el tiempo su verdadera esencia volvió a aflorar y arreglo las cosas para seguir con su mecenas.

Resulta incomprensible que aún le guarde rencor a su amante, supongo que será porque su recuerdo le hace sentir cuán lejos está de la felicidad.

Con otro toque sutil el espejo vuelve a la posición de manejo, el asiento se acomoda automáticamente a su anatomía, emerge el GPS, el climatizador comienza su eficiente tarea y el motor despierta sin hacer el más mínimo sonido. Mientras la turca disfruta de esa perfecta sinfonía computarizada, un llamado resuena en stereo cortando la calma del habitáculo insonorizado: “amor, esta noche cenamos con Carlos y Andrea, para el postre tengo una sorpresa entre mis piernas…”, “mmmm, Héctor, solo espero ese momento”, finge como siempre.

En V8 responde de inmediato a la voluntad de la conductora. París bien vale una misa… intenta convencerse mientras acelera.



Comentarios

Entradas populares de este blog

despedidas

licencia para matar

Osho, simplemente estamos aquí, nadie sabe por qué