la última salida
Puede ser que sea la última salida, pero el suicidio nunca es una decisión apresurada, ni es una idea con la que el suicida se ha topado un segundo antes de la última elección. El suicida ha paladeado la sensación muchas veces, ha degustado el sabor de la venganza que supone sacarle a la muerte la posibilidad de elegir, ha sentido el vértigo de partir con rumbo desconocido y ha experimentado una exaltación única de libertad.
Jorge sentía ahora la omnipotencia del invencible, ya nada podía dañarlo; ni el desprecio de Marta, ni el sicópata de su jefe, ni siquiera el dolor crónico que le acompañó inseparable desde aquel accidente. Por primera vez su vida estaba en sus propias manos, en realidad su propia muerte era lo que estaba en sus manos, lo que es casi lo mismo en las horas terminales.
Sólo le apenaba dejar a sus hijos, pero ellos sabrían entenderlo, o no, ya no podía hacer nada.
En segundos sabría si realmente existe un más allá y si ese túnel es tan luminoso como lo describieron quienes lo recorrieron y pudieron -o quisieron- volver. El estaba seguro que no volvería.
Jorge sentía ahora la omnipotencia del invencible, ya nada podía dañarlo; ni el desprecio de Marta, ni el sicópata de su jefe, ni siquiera el dolor crónico que le acompañó inseparable desde aquel accidente. Por primera vez su vida estaba en sus propias manos, en realidad su propia muerte era lo que estaba en sus manos, lo que es casi lo mismo en las horas terminales.
Sólo le apenaba dejar a sus hijos, pero ellos sabrían entenderlo, o no, ya no podía hacer nada.
En segundos sabría si realmente existe un más allá y si ese túnel es tan luminoso como lo describieron quienes lo recorrieron y pudieron -o quisieron- volver. El estaba seguro que no volvería.
El pasado casi había desaparecido de su mente y su futuro duraría sólo unos minutos, sólo le quedaba el presente, un presente raro y hermoso a la vez. “Todo lo bueno dura poco”, dijo para sí.
Reacomodó su cabeza cuando el arma se alineó con su sien, aflojó sus músculos y una sonrisa se le dibujó en el rostro, inusualmente relajado. Cuando la aguja del segundero ratificó las doce del día, una bala perforaba el parietal para terminar enrojecida dentro de la pared opuesta. El cuerpo exánime conservaba la posición y la dignidad gracias a unas diestras ataduras.
Axel era un hombre experimentado con la muerte, pero jamás lo había contratado un suicida.
Comentarios
Publicar un comentario