un dandi





Siempre quise ser un dandi, pero nunca "me dio el cuero”; en argento, no tenía ni la guita, ni la educación, ni la presencia, ni el intelecto y mucho menos el glamour para serlo. Ahora que soy grande ya lo entendí, pero de joven no había caso, me gasté un dineral en mejorar el aspecto; léase implantes capilares, masajes, gimnasio, y hasta llegué a ponerme unas prótesis de siliconas en los glúteos, no se rían que las mujeres le miran mucho el culo a los hombres. Incluso me pasé cientos de horas frente al espejo del baño practicando a levantar la cera izquierda como Roger Moore. También invertí –porque nunca lo tomé como un gasto sino como una inversión- para adquirir las habilidades de la gente de la high society: tomé clases de baile, idiomas, tenis, polo y otras extravagancias semejantes. De todas esas en la que mejor me iba era en el baile, no era un Fred Astaire pero me las rebuscaba bastante bien, en idiomas muy mal, cuando después de varias semanas el profesor advirtió que era imposible que dijera “ies” en lugar de “yes” se levantó y no volvió más. Con el polo no hubo caso, yo digo que en parte era culpa del caballo; no era un petizo de polo, compré un percherón porque estaba en oferta pero me costaba horrores llegar al piso. En esas prácticas me jodí la columna, pero igual practicaba a diario. Cansado del percherón compré otro un poco mas chico. Tuve tanta mala suerte que era un caballo para saltar vallas, en lugar de seguir a la bocha saltaba las tranqueras conmigo arriba. En aquella época para ser un dandi había que conocer la India, así que fui para allá. Estuve ahí casi seis meses, hasta que se me mejoré de la malaria que me agarré al llegar. Conocí poco, pero tenía el pasaporte sellado y un par de fotos paseando por Calcuta y eso era suficiente. Para solventar el viaje no se me ocurrió mejor idea que traer algo de “pasta”. Ni había desembarcado cuando dos brigadas antinarcóticos me agarraron del forro del culo y me metieron a un celular, de ahí a la cárcel de Sierra Chica sin escalas. Diez años en Sierra Chica, eso sí que fue un “garrón”, pero todo tiene su parte positiva, porque fue ahí dónde conocí el amor. Se llama Roberto, cuando salimos pusimos una verdulería y nos va muy bien. El nombre se lo puse yo, “La Verdulería de Roger".



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