mano única (segunda parte)
El arribo a Senada fue dulce, tranquilo, apacible, pero llegar al hostal fue una verdadera putada. Cualquier alcalde que no sea un auténtico sádico, debería poner una advertencia con fondo rojo y letras blancas que dijera: “ALTO”, “STOP”, “NO INGRESE CON UN VEHÍCULO”, “PELIGRO DE MUERTE”, pero obviamente este cristiano no lo ha hecho; sin conocerlo aseguro que ese hombre y todos los que le precedieron en ese cargo son unos verdaderos cabrones, crueles, malparidos, hijos de perra, etc. A los treinta segundos de adentrarme en ese laberinto ya estaba maldiciendo el momento en el que se me ocurrió rentar un hospedaje en el casco antiguo. Las calles mínimas se van angostando hasta un punto en que no es posible transitarlas ni siquiera caminando, y en las pocas zonas en las que se podría conducir con cierta comodidad, los habitantes estacionan sus motos y dejan carros de niños, paquetes, bolsas y todo lo que se les pueda ocurrir. Tampoco faltan cientos de turistas que zigzaguean, se detienen, toman fotografías, compran alimentos y se retratan tomando como fondo monumentos, casas de familia, paredes manchadas y cuanto objeto raro o común aparezca cerca. No sé si han notado que se ha puesto de moda fotografiarse en posiciones ridículas o haciendo gestos más propios de insanos que de gente normal, pero bueno, así somos los turistas. Volviendo al tema, olvídense del GPS es ese trozo del infierno, ni TomTom, ni Garmin, ni nada funciona, es una especie de triángulo de la Bermudas automovilístico dónde hasta Indiana Jones se perdería. No quieran imaginarse lo que significa aparcar, se necesita un master en manejo y una dosis de paciencia que haría avergonzarse al mismísimo Job. Y ahí mismo fui testigo de lo más inaudito, una persona vendía una cochera. Yo me pregunté “¿quién puede tener el tupé de vender una cochera en ese lugar?” ¿quieren que se los diga? un reverendo hijo de puta y saben quién puede comprársela, un cabal pelotudo; pero no aventuren hipótesis descabelladas, que yo no la he comprado…
Viéndolo a la distancia cada vez me convenzo más que he caído en una trampa y la dueña del hostal es lo que la legislación argentina llamaría “partícipe necesario”. La mujer –en complicidad con el Ayuntamiento, supongo- publica un anuncio atrapante: un hermoso lugar, bien ubicado y a buen precio. La estratagema perfecta, sólo faltaba un incauto y aquí me tienen.
Como les comentara la llegada fue tortuosa. No creo que ni Edgar Alan Poe hubiese imaginado un comienzo tan tenebroso, pero una vez más la realidad superó a la ficción. Las avenidas que rodean al casco antiguo y por las que se debería acceder al lugar se van haciendo cada vez más complicadas: cambian de nombre, de sentido de circulación, aparecen carriles de uso exclusivo para buses y taxis, zonas en que solamente es posible transitar si se es funcionario o marciano, tramos en reparación, etc., etc., etc. Por gracia de Dios, o de Satán, llegamos a un lugar cercano al hostal, sólo nos separaban de la entrada unos diez metros, pero créanme, la calle estaba interrumpida por un banco de plaza amurado al piso.
Como se imaginan esta historia continuará…
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