crónicas de viaje
Siempre tuve la ilusión de sorprender a una mucama sensual y voluptuosa acomodando mi habitación de hotel. En mi fantasía estaría vestida con un uniforme excesivamente ajustado, medias de lycra color humo y bajo su corta falda debería apenas asomar un liguero negro. El pelo debería ser largo, oscuro y con ondas al estilo de Rita Hayworth, los labios pintados de rojo intenso, los ojos necesariamente claros –verdes preferentemente- y la mirada lasciva. Sin mediar palabra haríamos el amor con desesperación. Al terminar, la mujer arreglaría sus ropas y continuaría con su tarea cómo si nada hubiese sucedido. Mañana trabajo por la tarde, diría como despedida.
Mi esposa asegura que nadie había estado en el cuarto y que no existía en ese hotel ninguna mucama de esas características; lo razonable sería creerle, aunque más no sea porque de otra forma me hubiese asesinado, no obstante algo me dice que lo que recuerdo no es únicamente una mala jugada de mi imaginación. No les pido que me crean, sólo que lean este relato y que saquen ustedes sus propias conclusiones.
Quiero comenzar reconociendo que no tengo un registro completo de toda la secuencia y que sólo retengo pantallazos de escenas. Atribuyo la recordación parcial a un mecanismo de mi cerebro para evitar que pierda la poca cordura que aún me queda, o bien para preservar lo poco que queda de mi matrimonio.
Recuerdo un desayuno nada frugal: café cortado, varias croissant, huevo y tocino, tarta de manzana, selva negra, café con crema, ensalada de fruta, yogurt, pasteles portugueses de crema pastelera, tortilla, jamón ibérico y, para terminar, un exprimido de naranja. Visualizo el saludo cordial del conserje, veo mi mano asegurando la cámara fotográfica al cinturón, y escucho la voz de mi esposa reprochándome la pésima combinación de tonos de mi vestimenta.
Mi esposa asegura que nadie había estado en el cuarto y que no existía en ese hotel ninguna mucama de esas características; lo razonable sería creerle, aunque más no sea porque de otra forma me hubiese asesinado, no obstante algo me dice que lo que recuerdo no es únicamente una mala jugada de mi imaginación. No les pido que me crean, sólo que lean este relato y que saquen ustedes sus propias conclusiones.
Quiero comenzar reconociendo que no tengo un registro completo de toda la secuencia y que sólo retengo pantallazos de escenas. Atribuyo la recordación parcial a un mecanismo de mi cerebro para evitar que pierda la poca cordura que aún me queda, o bien para preservar lo poco que queda de mi matrimonio.
Recuerdo un desayuno nada frugal: café cortado, varias croissant, huevo y tocino, tarta de manzana, selva negra, café con crema, ensalada de fruta, yogurt, pasteles portugueses de crema pastelera, tortilla, jamón ibérico y, para terminar, un exprimido de naranja. Visualizo el saludo cordial del conserje, veo mi mano asegurando la cámara fotográfica al cinturón, y escucho la voz de mi esposa reprochándome la pésima combinación de tonos de mi vestimenta.
Tres minutos de caminata y mi estómago da el primer aviso. En lugar del jugo de naranja debí haber tomado agua, recapacité en forma tardía. El segundo aviso lo recibí a los seis minutos. El tercer aviso me sorprendió volviendo a paso vivo hacia el hotel. La cuarta advetencia llegó en el medio de una carrera casi frenética. Recuerdo la desesperación al darme cuenta que la llave de la habitación había quedado en la cartera de mi esposa. Recuerdo al conserje explicando a unos pasajeros chinos la manera de llegar a la Puerta de Alcalá. ¿Quién fue el iluminado que dijo que los orientales son la raza superior? O no eran chinos o eran chinos retrasados. Los segundos pasaban. Supongo que el conserje en otra vida debió haber sido guía turístico, digo esto por la cantidad de explicaciones y detalles que le prodigaba a la pareja y que aseguro que los chinos jamás entendieron. Por favor, la llave de mi habitación. Un segundo Sr. Rick, estoy terminando de explicar algo a este matrimonio. Solamente la llave. Un momento Sr. Rick, acabo de decirle. Hay que joderse, me tocó un conserje sensible, pensé. Los chinos preguntaban en un inglés ininteligible y el conserje debía estar contestando en ruso, porque quedaba claro que no se entendían. Los segundos seguían pasando y mi estómago clamaba. Los condenados chinos preguntaban las mismas cosas una y otra vez. Yo tenía pánico de hacer cualquier movimiento. Parte de mi mente estaba atenta a los orientales y parte a mi musculatura estriada. Debía poner atención en otra cosa y se me dio por contar: cien, noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete…treinta y cinco, treinta y cuatro. Sr. Rick, ¿en qué puedo ayudarlo?, quiero mi llave, ¿qué llave?, la de mi habitación, ¿no se la ha llevado al salir?, obviamente no y es por eso se la estoy pidiendo, no la tengo ahora mismo, ¿cómo que no la tiene?, es que están arreglando su cuarto, no importa necesito ir, ¿no podría esperar unos minutos?, no puedo esperar ni unos segundos. Sin aguardar respuesta subí corriendo los cinco pisos, la puerta estaba entreabierta, dentro de la habitación la mucama de mis sueños estaba acomodando las almohadas, su trasero en pompa orientado en mi dirección. La misma ropa que había imaginado, el liguero asomando, el uniforme ajustado, la mirada lasciva, los labios carmesí, los largos tacos que acentuaban la perfección de su piernas. Hola señor, dijo con sensualidad de geisha, ¿puedo servirle en algo?, cualquier cosa que desee sólo pídamelo, cualquier cosa, dijo enfatizando las últimas dos palabras. La tomé de la cintura y comencé a besar su cuello, sentí como sus pechos exuberantes amortiguaban el contacto, aspiré el perfume exquisito de su piel mientras mis manos se solazaban en la firmeza de sus caderas. Su respiración agitada acentuaba mi propia excitación. Inesperadamente llegó a mi cerebro el aviso definitivo de los intestinos, la última oportunidad de conservar algo de dignidad, el último tren a Yuma. Salga inmediatamente de mi habitación, vocalicé con un esfuerzo supremo de voluntad. La mujer me alejó con brusquedad y con paso felino abandonó el cuarto. Viejo impotente, escuché decir antes que un portazo hiciera retumbar la antigua estructura.
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