mano única (última parte)
Después de haber dado vueltas durante horas y haber pasado docenas de veces por los mismos puntos atestados de vehículos, pude divisar un lugar libre al fin de una calle sin salida. Al principio sólo me pareció una calle más de las tantas en las que equivocadamente había entrado y salido en las últimas horas, pero pronto advertí que esa era distinta, era especial, esta calle no terminaba en un callejón oloroso y sucio, muy por el contrario, esta calle concluía en una preciosa plaza hexagonal pavimentada de un granito impoluto, como si la piedra hubiese sido colocada segundos antes de mi llegada... y la mayor bendición: un gran cartel de “Aparcamiento Permitido” coronaba el prodigio de belleza y simetría. Agradecí al cielo ese oasis urbano y aparqué en Citroën sin pensarlo dos veces. Apagué el motor e instintivamente apoyé la cabeza sobre el volante. Sentí como toda la tensión acumulada durante horas de frustrante manejo iba desapareciendo y el buen ánimo volvía a mí. El sol cálido de abril completaba un ambiente de paz imposible de imaginar apenas unos minutos antes. Bajé del auto, encendí un cigarrillo y disfruté de cada calada sentado sobre el capó mientras los rayos dorados me devolvían la energía perdida. Observé con admiración cada una de las caras del perfecto hexágono. Una sola cara estaba abierta, por la que había entrado. En la cara opuesta un gran portón de cedro reluciente. Las cuatro caras restantes eran de piedra antigua, colocada con esmero por algún artesano de los que ya no existen. Cerré los ojos y disfruté del sol y del silencio hasta que un sonido suave me volvió a la realidad, era el que producía el mecanismo hidráulico de un cilindro metálico que emergía del piso franqueando la entrada y la salida del lugar. La paz que había sentido comenzó a abandonarme con excesiva rapidez. ¿El cilindro se habría levantado automáticamente o alguien lo estaba controlando? ¿En qué momento volvería a bajarse para permitirme la salida? Ambas preguntas tendrían rápida respuesta. Observé una figura que se acercaba, pero el contra luz me impidió advertir que se trataba de un policía hasta que lo tuve a unos pocos metros.
-Buenas tardes oficial.
-Buenas tardes caballero, por el acento diría que es Ud. argentino.
-Así es, soy argentino.
-Bienvenido a Senada. Siempre es un placer recibir a personas de un país tan grande.
-Muchas gracias. ¿Está permitido aparcar aquí? -pregunté con cierto temor-
-Claro que sí hombre de Dios, así lo dice claramente la indicación: “Aparcamiento Permitido”
-En ese caso no entiendo por qué ha subido el cilindro
-También está claro, se trata de una calle sin salida, ¿no ha visto el cartel?
-Lo he visto, pero “Calle Sin Salida”, significa otra cosa
-¿A sí? ¿Y qué se supone que significa?
-Que la calle termina y que no se puede seguir. No significa que no se puede salir.
-Si fuera como Ud. piensa la señal diría otra cosa, en Senada “sin salida” significa “sin salida”, que no se puede salir.
-¿Es una broma?
-Yo no bromeo -El gesto del oficial se endureció instantáneamente- Por favor muéstreme su pasaporte, registro de conducir y papeles del vehículo. -El hombre revisó cada documento con la minuciosidad que un monje de clausura leería un manuscrito del propio Jesucristo- Muy bien, todo parece estar en orden. Salió bastante mal en esa foto ¿es Ud.? ¿demandó al peluquero? -dijo en tono risueño-
-Claro que soy yo, pero por favor dígame cómo salir de aquí.
-Ya le dije, no se puede salir.
-No se lo puedo creer.
-Más vale que lo crea, señor argentino.
-Imagino que no soy el primero en entrar a este “aparcamiento” ¿no es cierto?.
-No se equivoca, no es el primero.
-Pero al resto los ha dejado salir ¿por qué a mí no? ¿por qué soy argentino? ¿es por eso?
-No caballero, no tengo nada contra los argentinos, es más, me caen muy bien, inclusive Ud., pero ningún vehículo ha salido.
-Yo no veo ninguno ¿puede decirme dónde están?
El policía tocó el único botón de un pequeño control que llevaba prendido a su cinturón y el portón de cedro enfrentado a la entrada comenzó a abrirse. Varios cientos, o quizá, miles de autos estaban prolijamente aparcados sobre una inmensa superficie cuyo solado de granito era tan perfecto como el de la pequeña plaza hexagonal.
-Buenas tardes oficial.
-Buenas tardes caballero, por el acento diría que es Ud. argentino.
-Así es, soy argentino.
-Bienvenido a Senada. Siempre es un placer recibir a personas de un país tan grande.
-Muchas gracias. ¿Está permitido aparcar aquí? -pregunté con cierto temor-
-Claro que sí hombre de Dios, así lo dice claramente la indicación: “Aparcamiento Permitido”
-En ese caso no entiendo por qué ha subido el cilindro
-También está claro, se trata de una calle sin salida, ¿no ha visto el cartel?
-Lo he visto, pero “Calle Sin Salida”, significa otra cosa
-¿A sí? ¿Y qué se supone que significa?
-Que la calle termina y que no se puede seguir. No significa que no se puede salir.
-Si fuera como Ud. piensa la señal diría otra cosa, en Senada “sin salida” significa “sin salida”, que no se puede salir.
-¿Es una broma?
-Yo no bromeo -El gesto del oficial se endureció instantáneamente- Por favor muéstreme su pasaporte, registro de conducir y papeles del vehículo. -El hombre revisó cada documento con la minuciosidad que un monje de clausura leería un manuscrito del propio Jesucristo- Muy bien, todo parece estar en orden. Salió bastante mal en esa foto ¿es Ud.? ¿demandó al peluquero? -dijo en tono risueño-
-Claro que soy yo, pero por favor dígame cómo salir de aquí.
-Ya le dije, no se puede salir.
-No se lo puedo creer.
-Más vale que lo crea, señor argentino.
-Imagino que no soy el primero en entrar a este “aparcamiento” ¿no es cierto?.
-No se equivoca, no es el primero.
-Pero al resto los ha dejado salir ¿por qué a mí no? ¿por qué soy argentino? ¿es por eso?
-No caballero, no tengo nada contra los argentinos, es más, me caen muy bien, inclusive Ud., pero ningún vehículo ha salido.
-Yo no veo ninguno ¿puede decirme dónde están?
El policía tocó el único botón de un pequeño control que llevaba prendido a su cinturón y el portón de cedro enfrentado a la entrada comenzó a abrirse. Varios cientos, o quizá, miles de autos estaban prolijamente aparcados sobre una inmensa superficie cuyo solado de granito era tan perfecto como el de la pequeña plaza hexagonal.
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