nadie se muere de amor
Copio y pego -con algunas correcciones- un posteo que publicara en otro blog.
Muchas veces escuchamos que alguien murió de tristeza por un amor. Puede que alguien muera de tristeza, o que se deje morir de tristeza, y que se atribuya ese hecho a una pérdida amorosa, esas cosas pueden suceder, pero el amor no es el motivo.
Muchas veces escuchamos que alguien murió de tristeza por un amor. Puede que alguien muera de tristeza, o que se deje morir de tristeza, y que se atribuya ese hecho a una pérdida amorosa, esas cosas pueden suceder, pero el amor no es el motivo.
Si prestamos atención veremos que la mayor parte de los famosos se casan y se separan con notable facilidad y a ninguno el duelo le dura demasiado. Lo mismo le sucede a los atractivos: muchos cambios y poco dolor. ¿Saben por qué es eso?, porque los famosos, los adinerados y los lindos tienen muchas oportunidades, solamente por eso. Lo que perpetúa el dolor es la falta de opciones y no es la pérdida en sí misma. Una pérdida se siente durante un tiempo, más largo o más corto de acuerdo a la personalidad y a las circunstancias de la relación, pero el dolor se convierte en crónico, invalidante, terminal, solamente cuando por cuestiones propias lo perdido no puede ser reemplazado compensado -de alguna manera satisfactoria y no necesariamente con algo igual a lo que se perdió-.
Yo creo que a las cuestiones de pareja se le atribuyen connotaciones sentimentales muy exageradas, y en mi opinión, hasta la misma existencia de la pareja se explica más por necesidades e instintos, que por aspectos amorosos. Siendo esto así, no es extraño que una ruptura también sea entendida desde una visión excesivamente emocional, y por lo tanto, su aceptación y consecuente superación se verá dificultada por esa percepción extrema.
Hay un patrón de compartamiento ante las pérdidas que se va repitiendo en todos los ámbitos de la vida y que tiene más que ver con el estado en el que la pérdida nos deja que con la pérdida misma. Ese patrón es aplicado a todo tipo asuntos, incluso a aquellos poco o nada sentimentales; ejemplo, si se pierde el trabajo y no se puede conseguir otro, el empleo perdido se convierte en una obsesión. Se sueña con el antiguo jefe, que pasa a ser el padre –y la madre- de todas nuestras desgracias, se añora el hermoso escritorio –que de hermoso tenía poco-, y las charlas con los amigos de oficina –que de amigos nada tenían-, se deambula como un zombie rememorando las épocas gloriosas en que las que existían los días laborables. Si por el contrario se consigue una ocupación mejor, el antiguo empleo desaparece del foco de atención y pasa a engrosar el rubro encabezado por la palabra “indiferencia”. Igual pasa con los amores. Nos obsesionamos con Marta y nos convencemos que es irreemplazable, en lugar que aceptar que no poder reemplazarla es producto de nuestras “cualidades” y no de las de ella. Sin embargo, si nos analizamos interiormente, deberemos aceptar que si aparece Megan Fox, la buena de Marta pasará a ser sólo un recuerdo simpático en la memoria volátil.
En pocas palabras, nadie se muere de amor.
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