desvaríos de lunes por la mañana
Estamos convencidos que debemos obtener el máximo beneficio, el mejor lugar, la tarea más cómoda y mejor paga. El otro no importa, o importa poco, o en el mejor de los casos importa menos que uno a la hora del reparto. Creemos que la felicidad esta de la mano de obtener y de obtener lo mejor y así actuamos… en todo. Parece que lo que le pase al otro, lo que sienta el otro, las razones del otro, las necesidades del otro, están en un escalón menor que la nuestras. La justicia está dada por aquello que es justo para nosotros y lo bueno es lo que nos parece bueno. Claro que tenemos rarísimos raptos de lucidez y durante ellos nos convertimos en verdaderas personas, pero ¿qué es lo que pasa en esos momentos? En esos momentos el ego está atontado, o distraído, o dormido. Si prestamos atención, veremos que en esos momentos nos sentimos mejor, más sueltos, más livianos, como aquel importantísimo funcionario que una vez en su casa se despoja de sus ropas de funcionario y se siente en paz entre los suyos. Así nos sucede cuando nos despojamos de las exigencias del ego, exigencias hacia nosotros mismos y hacia el resto, cuando nos despojamos de las necesidades superfluas que el ego nos impone. Para el ego sólo existe él, su comodidad, sus deseos que no cesan de aparecer y que nunca se satisfacen plenamente. La insatisfacción es una característica del ego. La desconfianza es también es una de sus banderas, porque el ego desconfía de todo. El ego es envidioso, porque él debe ser el mejor, tener lo mejor. Cuando estamos regidos por el ego, somos esclavos de sus miserias, cuando de a ratos podemos trascenderlo, sentimos atisbos de esa paz que reside en nuestro interior y sin embargo parece tan lejana.
Comentarios
Publicar un comentario