el fin del mundo según Horacio



Horacio es un genio pero estudió en un lugar políticamente incorrecto. Esa es la única razón por la cual no está dirigiendo un observatorio mucho más importante. Los más fanáticos sostienen que el Hubble debía llamarse Horacio, pero eso no viene al caso. El hecho es que Horacio vive feliz en un observatorio de poca tecnología ubicado en un bosque de América Central. Aunque sería más correcto decir “vivía feliz”, hasta hace sólo unos minutos.

La computadora escupió que en 13 días, 10 horas, 46 minutos y en este momento, 12 segundos, Jonio chocará con la Tierra.

El choque es un hecho y sería una pérdida de tiempo hablar de él, también especular con destruir a Jonio o desviarlo porque el super asteroide tiene una masa similar a la de la Luna. Discutir sobre ese punto sería dilapidar el escaso tiempo que aún tenemos.

Una vez confirmada la colisión sólo le queda a Horacio una única cuestión por decidir: ¿debería comunicarlo al mundo? ¿Para qué comunicarlo, si nada puede hacerse? Horacio sabe que el valor de la información, de esa y de cualquiera, estriba exclusivamente en el uso que se le pueda dar. Sabe que es poseedor de la información más importante de la historia universal y que, paradójicamente, no tiene valor alguno, porque una información es valiosa si con ella se puede tomar alguna decisión que cambie algo y lamentablemente el destino de la humanidad ya estaba echado, nada podía hacerse.

El conflicto de consciencia lo sume en una tristeza acaso mayor que la que le produjo el conocimiento del choque planetario, porque la colisión es obra del "destino" o de las probabilidades, pero la decisión de hablar o callar pasa únicamente por él y su consciencia. Es simple, debe decidir si comunicar la noticia o esperar a que se revele por sí sola. Se tranquiliza pensando que nada determinante se puede hacer respecto a la desaparición de la especie,  pero también es cierto que tal vez muchos quieran terminar sus días junto a un ser querido, o junto a ese amor clandestino escondido por tantos años, o ver a su hijo por última vez, o morir en algún lugar en especial, en fin… Pero aún en la hipótesis de saber que todo terminaría, tampoco sería seguro que tendrían alguna posibilidad de cumplir su última voluntad, por los conflictos internos que una certeza semejante acarrearía y por el caos que, es de suponer, entraría el mundo. Quizá muchos podrían darse esa última satisfacción, ¿quién sabe? Todo sería posible, pero en cualquier caso debería ser él quien decidiera por todos, y a Horacio nunca le fue bien jugar a ser Dios.

Es asombroso como todos los sucesos en la vida de un ser humano remiten siempre a su propia historia, y aún en este momento trascendental para la humanidad, Horacio se siente más tranquilo que cuando tuvo que resolver si contarle o no a su mejor amigo acerca de la infidelidad de la esposa. Extraño, pero es lo que siente.

Necesita decidirse y su cerebro busca nuevas perspectivas de análisis. ¿Quien es el dueño de la información, el que la consigue o el afectado por ella?. Buen punto, se dice, y comienza a analizar la cuestión desde ese enfoque. Quedan ahora 13 días, 10 horas, 06 minutos y 52 segundos, exactamente…






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