A la hora señalada
No tenía ningún derecho a sentirse infeliz, ninguno.
Alguna explicación debía tener esa insatisfacción permanente. Era más que la insoportable levedad del ser, mucho más. Podría ser alguna hormona que faltaba o que sobraba, quizá la sinapsis neuronal no era perfecta, o era algún karma que arrastraba de otra vida, pero algo no funcionaba como correspondía, eso era seguro.
El brujo lo escuchó atentamente durante horas. Sin preguntas, sin interrupciones. El hombre se despachó a gusto. Habló, calló, rió y lloró frente a la mirada serena e inconmovible del viejo.
El día previsto y a la hora precisa se dirigió a la esquina que el indio le había indicado. Una esquina cualquiera de un barrio olvidado. ¿Qué podía perder haciéndole caso? Como mucho algo de tiempo, se contestó inmediatamente. ¿Qué podría encontrar en esa esquina?, se preguntó un millón de veces mientras conducía hacia ella. Multitud de ideas entraban esperanzadas a su cabeza y salían desahuciadas, como siempre sucedía.
Cerca de esa esquina una pareja discutía violentamente. Cegado por los celos el marido disparó una y otra vez. Una bala perdida terminó alojada en el cráneo del hombre que aguardaba ansioso. No tuvo tiempo de darse cuenta que finalmente había encontrado la paz que buscaba.

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