Top Secret 747




Nunca les dije que fui agente secreto, espía, topo, como prefieran. Me corrijo, lo sigo siendo, porque la esencia humana jamás prescribe y ser espía se lleva en el ADN. Llegada cierta edad el agente secreto pasa a retiro, se lo “congela” como decimos en la jerga, pero ese es un mero formalismo porque la “actividad” nos acompaña hasta el último suspiro.

Recién ahora puedo hablar libremente. Hace sólo unos minutos se cumplieron los veinte años de “clausura” -otro término del ambiente-. No crean que es fácil mantenerse callado, pero juramenté silencio y fui fiel a ese juramento. Si hubiese hablado, si hubiese escrito una mínima anécdota, si les hubiese dado el más mísero indicio de mi actividad real hoy estaría durmiendo con los peces, después de haber sido violado brutalmente por un agente etíope contratado especialmente para esos menesteres...mmmm

Aunque haya terminado el período de silencio, imaginarán que no andaré por ahí vociferando que fui un topo importante. Uno puede decir que fue arquitecto, albañil, ingeniero, panadero, proxeneta, pero no puede decir que fue agente secreto, así como si tal cosa. No es que sea una ocupación vergonzante como la política partidaria o vender autos usados, pero es una ocupación que debe ser mantenida bajo un manto de confidencialidad. A buen entendedor pocas palabras, así que espero que hayan entendido que no pueden salir a postear a troche y moche que Rick fue espía. Tómenlo como una advertencia y recuerden lo de los peces.

No saben lo libre que me siento ahora. Es inhumano haber sabido que caería el Muro de Berlín, quién sería el presidente de EE.UU. después de Reagan, que el Barca compraría a Neimar, que Mourinho era un mal bicho y no poder decir nada a nadie. Mantener el secreto es la parte más difícil, pero la más importante.

Supongo podrán imaginarse que no pasé a ser personal de elite de buenas a primeras. Comencé como todo espía en una agencia de poca monta persiguiendo maridos infieles y esposas despechadas. “Top Secret 747”, se llamaba el lugar. Nunca contrataría los servicios de una empresa con ese nombre ridículo, pero por alguna razón inexplicable a la gente le gustaba y siempre teníamos trabajo. En esa época me enteré que mi esposa tenía dos amantes. Uno de ellos, celoso al parecer, contrató a la agencia para un “seguimiento” y el caso me fue asignado. Imagínense la sorpresa cuando la vi salir del telho (telho = hotel) abrazada a un mozalbete. Estaba indignado. No tanto con mi mujer que después de todo merecía una “alegría”, estaba indignado con el dueño de la oficina que me había dicho que espiaría a la esposa de un político de renombre. Viejo mentiroso. Le hice un escándalo de proporciones y como castigo me puso a trabajar para un paranoico que alucinaba que atacaban su sitio web. Aguanté dos semanas a ese trastornado y me fui a la mierda.

A ese período oscuro le siguió otro, también oscuro y además aburrido: escuchas telefónicas. No quieran imaginarse el embole que significa monitorear conversaciones de primos políticos peleándose por una herencia paupérrima y el bajón que sobreviene tras seis horas de monólogo para enterarse el secreto de la preparación del budín de alubias. Díganme ¿a quién carajo le gusta el budín de alubias? También me tocó escuchar conversaciones de alto nivel erótico y más de una vez me ofrecí gratuitamete para complimentar alguna fantasía, pero nunca tuve éxito.

Pero toda esa etapa oprobiosa y maloliente, ese largo peregrinar por la estepa siberiana en época de neviscas, ese caminar descalzo sobre brasas ardiendo, toda esa deglución forzada de excrementos de iguana fue necesaria para que la torpe oruga se convierta en esta mariposa -es metafórico, no soy ninguna mariposa-, y que la Agencia de seguridad más importante del mundo la haya reclutado.

El tiempo que siguió fue apasionante, pero deberé esperar otros veinte años para poder dar detalles.


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