hablar no tiene caso


Cada vez estoy más convencido que es casi imposible comunicarse.

Las palabras son es un excelente medio para manejar cuestiones objetivas, pero cuando la subjetividad entra en juego cualquiera puede testificar que son antes una barrera que un puente.

La literatura debe parte de su belleza a la ambigüedad del lenguaje, pero esa misma ambigüedad se vuelve exasperante cuando es vital ser entendido. El problema no está enquistado en las palabras. No es una cuestión idiomática; podría probarse con un lenguaje de imágenes y la problemática persistiría. Uno de los problemas fundamentales es que interpretamos. Nada llega aséptico, todo se contamina cuando pasa por los filtros con los que nos valemos para entender. El filtro de los prejuicios, el de los miedos,  el de los sentimientos, el de las esperanzas, el de los deseos. Cada filtro deja un residuo o retiene una parte, el mensaje inicial llega corrompido y mutilado.

El otro problema a la hora de entenderse es aún más grave: no somos iguales.
No importa ser igual a otro si se trata de hablar de una silla. En las cuestiones objetivas no existen problemas, pero el amor, por dar sólo un ejemplo, es muy distinto para cada uno. Para unos es confianza, para otros es compañía, para otros seguridad, para otros pasión, para otros comodidad…Un “te amo” tiene tantos significados como personas hay, como necesidades hay, como esencias hay, como circunstancias hay, como historias hay, como experiencias hay.

Posiblemente ambos problemas sean uno mismo, no tiene ninguna importancia, sea uno o dos el resultado es idéntico: incomunicación.

Aunque sabemos que es así, igualmente sentimos la necesidad de decir. La compulsión de hablar es irrefrenable mucho más cuando los sentimientos pugnan por salir, pero si fuésemos conscientes que nuestras palabras serán decodificada por una máquina extraña que no puede entenderlas, trataríamos de comunicarnos con un único lenguaje, mucho más sutil, mucho más difícil,  pero mucho más exacto.






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