otra vez sopa...
Pueden ganarme en casi todo, menos en ser obsesivo. Un dudoso privilegio que traigo desde la cuna.
Vuelvo recurrentemente a la idea de la libertad relativa, aunque no sé si la palabra adecuada sea libertad. Lo que quiero decir es que somos esclavos de nuestras emociones y de nuestras creencias. Uno podría preguntarse qué somos si no emociones y creencias. No sabría qué contestar, pero sé que hay algo más detrás de eso, algo auténtico e inmutable. Yo visualizo a las creencias como el código con el cual nuestra consciencia juzga nuestros actos y a las emociones como el elemento con el cual ese juez nos conmina a cumplir sus fallos. Lo más loco de todo esto es que esencia, creencias y emociones conviven en un mismo ser.
“Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”. Es muy gracioso Groucho Marx, me encanta su humor autocrítico, pero no es posible cambiar los principios -las creencias-. Uno cree que tiene creencias, pero las creencias son las que nos tienen. Si fuésemos los dueños de ellas podríamos cambiarlas. Desafío a cualquiera que cambie una creencia en forma voluntaria. Le resultará imposible. A las creencias las cambia la vida, la experiencia, no la voluntad.
Nadie dice que vivamos en una cárcel y que la vida sea un tormento, sólo digo que no somos completamente libres. La nuestra es una libertad vigilada. Creencias y emociones nos limitan. Supongo que nos relacionamos con ellas como con un secuestrador. ¿Recuerdan el síndrome de Estocolmo? Así yo creo que funcionamos y hasta llegamos a confundirnos con ellas y hasta tenerles cariño. Y luego decimos “yo en estas cuestiones me gusta ser pragmático” como si pudiésemos elegir ser pragmáticos o no serlo. Como si fuera posible elegir cómo sentir y consecuentemente cómo actuar. No nos engañemos, no hay elección.
Ahora no se me ocurre nada más, pero sé que tengo más para decir, aunque no sé si muy distinto a esto. Aún queda vapor en la caldera y tendrá que salir. Así que volveré, como McArthur.

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