Pumita
Mi hija mayor se fue de vacaciones y nos dejó a su gata. “Por treinta días solamente”. Una gatita gris que apareció en su departamento un día cualquiera y que ella la adoptó al instante. La llevó al veterinario, la desparasitó, le compró un collarcito de tela, la hizo vacunar y ahora duerme en su cama, se sube a la mesa, rompe algunas cosas y hace todas la monerías típicas de gato malcriado. A mí los gatos nunca me gustaron demasiado, prefiero a los perros por eso de la fidelidad, pero hace sólo un día que la gata está aquí y ya comienzo a quererla. Es lógico, uno se encariña hasta con los hijos, cómo no con un animalito. A los hijos es fácil quererlos hasta que se hacen adolescentes, después no tanto. Como decía, los perros me gustan, me gustan mucho, pero no tengo perro por dos motivos: uno emocional y otro operativo. El emocional es que viven poco tiempo y ya tengo bastantes razones para sufrir como para seguir agregando, el operativo es que tienen olor a perro.Volviendo a la gata ¿saben que nombre le pusieron? “Pumita”. ¡Un total desatino! Es como a un cocodrilo llamarlo caballo o a una jirafa llamarla hipopótamo. Esas incoherencias son muy dignas de mi hija mayor, pero en este caso el nombre lo eligió su pareja en ¿honor? a un gato que había sido propiedad de su padre. Un muchacho persistente en el error, y no digo más porque son cosas de pareja y prefiero no opinar.
Lo cierto es que es una gatita muy simpática, inteligente, ágil y sana, al menos los intestinos le funcionan a las mil maravillas, les aseguro. Es cachorrita y debe ser por eso que no para de hacer quilombo.
Ánimo, sólo faltan veintinueve días.
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PD: la foto es de ella
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PD: la foto es de ella
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