¡cómo pasa el tiempo!



Hubo una época en que no podía pensar en otra cosa que no fuera en pegarme un tiro. Estaba cansado de vivir. Nada me atraía, nada me parecía que valiera la pena. Entre otras cosas, ese año San Lorenzo se había ido a la “B”. Dije pegarme un tiro porque es la manera tradicional, pero también consideré otras variantes. Deseché tirarme de un puente porque tengo vértigo, porque cerca de casa no hay ninguno y tampoco es cosa de andar viajando, las rutas en este país son peligrosísimas y sería horrible morir en un accidente de tránsito. Pensé en tomar un frasco de tranquilizantes y una botella de piña colada. Sí, piña colada, ¿qué tiene de malo?, no me gusta ni el whisky, ni el coñac, ni el ron y menos el vodka. También podía ser Strega o Baileys, me gustan las bebidas dulces como a las minas, pero no quería que me recuerden como un maraca –puto, para los que no entienden el término-. La idea de tirarme debajo de un tren la descarté de plano porque era una época en que los señaleros estaban en pleno conflicto gremial y los trenes pasaban una vez cada muerte de obispo; como ya saben la paciencia no es lo mío. Otra de las clásicas ahogarse en el mar pero nado pésimo y además mi suerte por ese tiempo era tan mala que seguro me rescataba un submarino ruso que se había perdido. Cortarse las venas es de desconsiderado porque la casa queda a la miseria, y además tenés que convencer a todos que te dejen solo, pero eso es lo de menos. Igual no quise porque uno deja una imagen paupérrima y porque tampoco quiero que me recuerden como un desconsiderado. De mí pueden decirse mil cosas menos que soy desconsiderado. Un amigo me aconsejó que me inmolara como un terrorista musulmán y me llevara conmigo a unos cuantos hijos de puta, pero yo no estoy para la heroica. Demasiados próceres y mártires ya hay en este país y lejos de mi ánimo está figurar en los libros de historia o que me hagan una estatua. De buenas a primeras se me pasó el entusiasmo y abandoné la idea, aunque cada tanto me arrepiento de no haberme decidido. Todo eso sucedió cuando tenía veintidós años y en un rato cumplo cincuenta y seis. Parece mentira, ¡cómo pasa el tiempo!



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