café de mayo
La mañana de otoño se presentaba por demás desapacible pero fumar era prioritario. Se decidió por la mesa ubicada junto a la ventana lateral, bajo un pequeño toldo de lona verde que se hinchaba con las ráfagas de mayo. El café debería ser gratis aquí, pensó sin ironía, inconsciente de un cartel que advertía que el consumo fuera del salón tenía un recargo del diez por ciento.
Los libros de autoayuda sólo ayudan a las finanzas de sus autores, escribió en la tapa a manera de protesta y recordatorio.
Dos ojazos se clavaron en los suyos. Inútilmente intentó mirar hacia otro lado. No pudo, o no quiso. No eran los ojos, era la mirada. Una mirada querida, llena de amor y comprensión. Hay miradas que valen una vida entera. Hizo el ademán de levantarse pero supo que si lo hacía la perdería para siempre. No podía imaginar cómo lo había encontrado, cómo había llegado hasta allí. No podía ser una casualidad, las casualidades no existen, o sí, ¿qué importancia tenía?, estaban ahí después de tanto tiempo, después de tanta angustia. Intentó decir algo, pero las palabras no querían salir de su boca. Mejor, mucho mejor. Era tanto lo que había para decir que no sabría ni por dónde comenzar. Ella lo seguía mirando con el mismo amor. Nada había cambiado entre ellos en tantos años. Lentamente se fue acercando, sus pasos seguían siendo tímidos, exactamente iguales a cómo él los recordaba cada día. Con la misma naturalidad de siempre se acomodó en su regazo, él la apretó contra su pecho y acarició su pelaje gris una y otra vez. No entendía cómo había permitido que se la llevaran, pero no importaba, ya estaban juntos nuevamente. ¿Dónde estuviste gatita linda y buena? alcanzó a decirle antes que el camarero aniquilara su sueño.

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