Ganas, motivación, razones, no sé bien si son lo mismo, pero el motor de la vida está ahí. Supongo que las ganas tienen que ver con la edad, y no me refiero al tipo de ganas sino a la intensidad. Los chicos tienen ganas siempre, ganas de todo, nunca se rinden. Algunos viejos también, pero son los menos.
Mirando mi vida retrospectivamente me asombra que haya podido hacer lo que hice. No es que haya hecho demasiado, pero con mis ganas actuales no hubiese hecho nada, o casi nada. No me explico cómo pude terminar una carrera. Seis años yendo y viniendo en el mismo colectivo, dejando pasar fines de semana sin ver el cielo y esperando los feriados para tener tiempo de ponerme al día con las cosas atrasadas. Créanme que hoy me cuesta ponerme a leer el diario y hasta ver una película completa requiere de un esfuerzo.
Sin ganas hasta lo más simple resulta una tarea ciclópea. Inclusive para divertirse hay que estar de ánimo. Siempre creí que ciertas cosas dispararían en mí ganas instantáneas; la toma de consciencia que eso no es así me ha tocado un poco.
“Fuertes razones hacen fuertes acciones” escribió Shakespeare y estaba en lo cierto, pero esas “razones” deben sentirse, no sólo tenerse. Las ganas son algo que empujan desde adentro, que impelen, que obligan.
Recuerdo un tiempo en que me había agarrado una especie de locura por el tenis. Vivía y respiraba tenis, y eso que era bastante grandecito. Nunca aprendí nada a pesar de los esfuerzos denodados de los profesores y los años invertidos, pero disfrutaba las clases de una manera exagerada. Antes también me gustaba tomar café con los amigos y rememorar una y otra vez las mismas proezas de adolescentes. No puedo precisar cuándo ni cómo, pero todas mis ganas han decidido abandonarme.
Tengo alguna teoría que podría explicar mi actual apatía, pero me he prohibido buscar culpables a más de diez centímetros. Uno es el principal responsable de su propia vida, y si no lo es, igual da, el resultado es el mismo.
Comentarios
Publicar un comentario