pasado perfecto


No lo podía entender, Eva nunca había dejado de llamarlo. Jamás se había retrasado siquiera un minuto. Le desesperaba la idea que algo malo le hubiese sucedido, prefería pensar que lo había dejado de querer, que se había arrepentido, o que todo había sido un lamentable error que de tan claro no necesitaba explicaciones y que por esa razón ella había elegido el silencio.

Él no sabía quien era ella y ella no sabía quien era él. Así de extraño era todo entre ellos. Sus únicas certezas eran el amor y la libertad.
Repasó todas las conversaciones que su frágil memoria retenía y se sorprendió lo minuciosos que pueden llegar a ser algunos recuerdos. Rumiaba cada palabra con la esperanza de descubrir algún sentido revelador. Intentaba rememorar los tonos para encontrar en ellos algo de lo cual poderse agarrar, una tabla perdida en un océano desconocido. No había nada que pudiera haber presagiado un desenlace así. Ni las circunstancias, ni las personalidades, ni las horas compartidas en la distancia. “Los esposos se terminan de conocer en la audiencia de divorcio”, le había dicho un abogado amigo, pero ella no era su esposa y ella no era así. Eva era un ángel.
En su casilla de correo sólo aparecía el mail de una tal Nora que ofrecía servicios de cartomancia. Mal no le vendría, pero lamentablemente no creía en esas cosas. El teléfono tampoco quería ayudar, ni llamadas perdidas ni mensajes sin leer. Prendió y apagó los dispositivos al menos media docena de veces, como si el simple acto de pulsar un botón pudiera cambiar la historia de su vida. Pudo averiguar que Internet funcionaba a pleno y que las líneas telefónicas no presentaban inconvenientes. Esta vez la tecnología no le ofrecía ni un atisbo de esperanza.
No soportaba la incertidumbre, él siempre manejó mal esas cosas. Caminó sin rumbo hasta que sus piernas dijeron basta. En la soledad de un bar comprendió en forma tardía que sus ilusiones se habían construido en series binarias corriendo dentro una fibra óptica, y mezclados con fotografías eróticas y cuentas bancarias. Su proyecto vital podía terminar con el simple cambio de un número telefónico. Tan frágil era su mundo emocional.
Por fin se decidió a marcar el número de Eva pero algo le impidió tocar la tecla verde. Temía que su teléfono ya no estuviese activo o que un desconocido lo atienda. Pasaban por su mente las posibilidades más diversas, pero ninguna era tranquilizadora. Marcó nuevamente y volvió a arrepentirse. Se preguntó qué caso tendría llamarla, o qué caso tendría salir a buscarla como un desesperado. Ella fue quién no quiso volver a comunicarse, fue ella quien prefirió que las cosas quedaran así. Algo le decía que debía parar ahí, que lo mejor sería no saber, que nada debía manchar el recuerdo de un pasado perfecto.


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