Reposición: runaway train
Supongo que todos han sentido alguna vez la necesidad de alejarse definitivamente. Siempre imaginé hacerlo en un tren, lo cual no es original ni demasiado efectivo, porque para irse lejos lo conveniente es abordar un avión o, mejor aún un barco. Ir de tripulante cierra perfectamente el círculo, porque en los barcos, al menos en los barcos de mi imaginación, todas son almas anónimas y solitarias, todos parias, todos descastados. Nada iguala a navegar hacia algún destino lejano para jamás ser encontrado. Pero yo elegí el tren, tal vez porque alguna parte de mí quiere asegurarse la vuelta, o simplemente porque no me alcanza para más.
El vagón está casi vacío. El cuello del abrigo subido, una bufanda ceñida y las manos frías que buscan infructuosamente calor dentro de los bolsillos helados. Permanezco inmóvil en mi asiento con la mirada fija en un punto cualquiera sobre el andén nevado mientras los pensamientos se arremolinan y los ojos buscan en el exterior la tranquilidad que el interior no puede darles. El frío del ambiente no rivaliza con el frío que el adiós produce, sólo lo acentúa. Sé que no van a entenderme, nadie entiende al que se va, pienso con tristeza. Un intento de explicación espera doblado bajo la frutera de metal, ojalá puedan perdonarme. Sobre el asiento enfrentado yace el bolso en el que amontoné algo de ropa y unas cuantas fotos como para recordar lo que estaba dejando. Nunca entendí de dónde sale esa compulsión de acarrear recuerdos de lo que quiere olvidarse, pero ahí están.
Un pitido agudo rompe el silencio de la mañana y la formación solidaria intenta resistir el primer tirón de la máquina de vapor, vetusta pero aún potente. Siento como el respaldo me impulsa hacia adelante sacándome con un solo sacudón del trance en el que estaba inmerso. La vieja estación se va alejando cada vez más rápido, igual que mi pasado . El golpeteo monótono de las ruedas metálicas me remiten a otros tiempos de viajes felices y famila. Boletos, pases y abonos, escucho gritar al guarda que avanza a los tumbos golpeando las caderas contra el costado de los asientos de cuerina marrón. Por un momento pensé que no me había visto pero se detiene en seco a mi lado y me lanza una mirada inquisidora, de esas de las que sólo son capaces los jueces, la policía, las madres y los guardas de tren. ¿No sos muy chico para viajar solo? interroga sin sacar la vista del ticket que acabo de entregarle, no señor ya tengo diez años...
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