hasta el último aliento
Conozco a Rodrigo desde hace más de cuarenta años. Cuarenta y tres, para ser preciso. Como sucede con los amigos de verdad, no importa el tiempo que pase, el último encuentro siempre fue ayer. Pero reconozco que dejé pasar mucho sin llamarlo. Cosas de estúpido. Hoy, que sé que no habrá otra vez, quisiera salir corriendo a darle un abrazo.
Rodrigo explicó con esa tranquilidad tan suya que ya no había motivos para seguir, nos dijo su hermano el día anterior a su muerte. Los dolores eran muy fuertes, pero por sobre todo, ya le habían hecho todo lo que podían hacerle. Los últimos dos años habían sido muy difíciles, yo ya no recuerdo a cuántas operaciones fue sometido y cuántos ciclos de mortífera “quimio” tuvo que recibir. A último momento se descartó la radioterapia, menos mal. Finalmente no quiso internarse, prefirió terminar en su casa, entre los suyos. Sólo pidió que la muerte lo encuentre dormido.
Rodrigo jamás contaba las “malas”, pero yo sabía que la estaba pasando mal realmente. Cualquier otra persona hubiese claudicado, pero él siguió adelante. Yo me pregunto qué habrá detrás de esas almas tan fuertes, de dónde les sale todo ese amor por la vida. Lo natural hubiese sido dejarse caer, pero abandonar no estaba en su libro. Debe ser algo genético porque Guillermo, su hermano, tiene su misma endereza.
Es fácil decir “hay que seguir”, lo difícil es hacerlo y él lo hizo. Su lucha fue ejemplificadora, creo que muy especialmente para sus hijas. En estos tiempos los ejemplos no se valoran como es debido, y este hombre fue un ejemplo hasta en el final.
Sus últimas dos semanas fueron dignas de un gladiador. Los quince años de su hija mayor -me “armaron” para que pudiera concurrir, le confió a un amigo común-, la última intervención como cirujano, la despedida de sus colaboradores y amigos del hospital, la paella que él mismo preparó para los amigos del barrio -y que ni siquiera probó-, la despedida de sus hijas, de su esposa, de sus padres, de su hermano. Deben ser terrible despedirse en vida y fue él quien tuvo que contener a la familia, quien tuvo que hacerles entender que se retiraba en paz. Como médico le tocó muchas veces explicar lo inexplicable y lo tuvo que hacer una vez más.
Me arrepiento mucho de no haberlo visto más seguido, sin embargo el último tiempo -y a su iniciativa- habíamos tomado la costumbre de compartir un café el domingo por la tarde. Recuerdo bien su invitación telefónica “Negrito, estoy en el café Havanna de Mosconi y Artigas, si querés venir estás invitado…”. Así comenzamos una serie de cinco o seis encuentros que hoy recuerdo con verdadera nostalgia.
Rodrigo ya estaba flaco y caminaba lento, incluso hubo veces en que parecía que hablar le costara un poco, pero su fuerza interna permanecía intacta.
Muy rara vez hablábamos de sus “problemas” de salud y cuándo lo hacíamos no era porque él sacara el tema. Amaba su trabajo de cirujano y sabía transmitir con palabras ese amor, pero también hablamos de fútbol, de política y de lo que viniera a cuento. El tenía esa rara virtud de no colocar sus complicaciones en el centro de la escena.
El domingo a las 14:00, Roberto me avisó que ya había partido.
El que estaba en el féretro no era Rodrigo, era solamente su cuerpo dando testimonio del dolor de las últimas horas. Recordé esa afirmación esostética “no soy mi cuerpo, no soy mis pensamientos, no soy mis emociones, soy mi alma”. El alma de Rodrigo no estaba ahí. Supongo que estaría al lado de los amigos y familiares que lloraban amargamente en cada lugar del velatorio. Cuesta entender como una persona común puede ser querida por tantos. Aunque Rodrigo no era una persona común en ningún aspecto. Son muchas las cosas buenas que podrían decirse de él, pero yo voy a elegir solamente una: Rodrigo supo saborear la vida hasta el último aliento.
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