Secreto postal (1ra. parte)


Sé que rompí el secreto postal, pero a mi favor voy a decirles lo mismo que le dije al juez: "esa carta estaba abierta". Si en ese momento hubiese sabido lo que sucedería luego me hubiese limitado a cerrar el sobre y colocarlo en el bolso del cartero, pero no lo hice, como resulta obvio. 
La carta no tendría más de diez líneas. En forma demasiado escueta para la importancia del contenido, una mujer le comunicaba a un tal Eduardo que llevaba "tres meses de embarazo" y le rogaba “ayuda para huir de allí”. Al principio pensé que se trataría de una mujer casada, pero por la forma de escribir y por la letra deduje que se trataba de una adolescente. Confirmé esta hipótesis cuando vi que la carta estaba dirigida a “Elena Gómez - Colegio Sagrada Unión - Tercer Curso”. Seguramente una amiga, eso evitaría que el envío despertara sospechas. Bien pensado.
Si bien no figuraba remitente, el sello sobre la estampilla indicaba indubitablemente que la carta provenía de la colonia penal de la Isla de los Estados, una prisión de máxima seguridad para reclusos peligrosos.

Anoté por si acaso la dirección del destinatario, cerré el sobre con cola para papel y dejé que el envío siguiera su curso. Es un delito federal violar correspondencia, no importa el motivo, así que juré que me desentendería del tema. Lamentablemente no pude.
Por alguna razón desconocida, asocié a mi hija menor con la niña de la isla. Sentí en carne propia la terrible espera, una agonía atroz que esa niña no merecía. Los días pasaban y ninguna carta dirigida a la isla entraba a mi estafeta. Comencé a sentir odio por ese Eduardo. Decidí que debía hablar con él, que debería hacerlo entrar en razones.

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