Secreto postal (2da. parte)

Volví a revisar detenidamente las planillas dónde los carteros registran las novedades, y entre las entregas fallidas no figuraba la pieza destinada a la señorita Elena Gómez. No quedaban dudas que Eduardo o alguien de su familia la había recibido, pero el tiempo transcurría y no había respuesta. Era hora de arreglar las cosas.
La residencia del chico era muy distinta a lo que había imaginado. Era una casucha sucia y descuidada rodeada de matas y yuyos. En la única ventana de la vivienda, una chapa oxidada sustituía al vidrio que en mejores días debió dejar pasar la luz. ¡Qué hogar para un adolescente! No concibo a esos padres que traen hijos al mundo para hacerlos vivir una existencia de miseria y privaciones. ¿Qué tipo de cariño siente esa gente si ni siquiera se conduele por la suerte de sus hijos? Respuesta, ningún cariño, sólo miserables en un mundo miserable. El odio por Eduardo comenzó a transformarse en pena, una profunda pena por un ser condenado antes de nacer al fracaso y al sufrimiento.
Aguardé hasta el anochecer y el chico no apareció. ¿Estaría en la casa, en una escuela, en un trabajo? Sea como fuere debería estar ahí. No pude esperar más y me dirigí a la vivienda. ¡Eduardo! ¡Eduardo! grité desde la vereda. Al momento un hombre de unos treinta y tantos años traspuso la puerta. El aspecto del tipo no se condecía con el hábitat. Delgado, pelo corto, barba rala. Su ropa estaba algo demodé pero se la veía limpia y perfectamente planchada, cualquiera lo hubiese confundido con un oficinista antiguo. En su rostro común sólo se destacaba una mirada de resentimiento ¿Qué quiere?, espetó altivo. Necesito hablar con su hijo. No tengo hijos. ¿No es aquí el domicilio de Eduardo? Sí, es aquí. Por favor, le ruego me deje hablar con él. No tengo hijos, Eduardo soy yo.
Increpé al hombre de mala manera. De alguna forma debía obligarlo a que se haga cargo de la situación que él mismo había generado. Me escuchaba con indiferencia, hasta podría decirse que con cierta sorna, pero en ningún momento intentó negar lo sucedido, sólo dijo “la vi sólo una vez, esa chica está loca”. Al escuchar esas palabras una ola de indignación y asco se recorrió mi cuerpo, ese mal nacido se había aprovechado de la pobre niña y ahora quería desentenderse. ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! De repente todo se oscureció. Cuando recobré la lucidez estaba esposado a una silla de hierro fija al piso de la sala de interrogatorio. Un policía enjuto exigía firme la confesión. Era sólo una formalidad, dicen que la policía me encontró con las manos sobre su cuello.

Comentarios

Entradas populares de este blog

despedidas

licencia para matar

Osho, simplemente estamos aquí, nadie sabe por qué