un día cualquiera


Como cada día, mis ojos se abrieron innecesariamente temprano. Despertarme a horas inverosímiles era un resabio de la época en que madrugaba para subirme al caminador elíptico antes de ir a trabajar. No sé de dónde sacaba las ganas.

Una mirada en el espejo del baño sirvió para confirmar que recién levantado, ese día también mostraba el aspecto calamitoso de siempre, aunque paradójicamente algo atenuado por la barba, al menos a mi gusto. Sí, no tengo vergüenza en admitir que me gusta como me queda la barba, supongo que debe ser porque me tapa parte de la cara, o no sé, pero me gusta. “Te hace más viejo” me dijeron cuando dejé de afeitarme diariamente, pero ahora ya nadie insiste con eso.

Necesitaba un café y necesitaba mi música. Un buen día comenzó a gustarme el jazz melódico y esa especie de amor jamás me abandonó. En aquellos años me proveí de cientos temas desde el Apple Store, tantos que nunca tuve la necesidad de volver a comprar. El sonido del saxo unido al del piano evocan en mí una sensación agridulce que ninguna otra música logra siquiera emular. Prendí el viejo ipod cuyo sonido se hacía audible desde cada rincón del departamento gracias a un pequeño amplificador y dos modestos parlantes, subí el volumen al máximo y salí al balcón. Las primeras brisas de primavera me devolvían irremediablemente a momentos pasados. “Todo tiempo pasado fue mejor” dicen, pero esa máxima no es universal, no se aplica para mí, ni para Juan Pablo Castel, y seguro que tampoco a muchos otros. Para mí el pasado fue igual de malo que el presente, tampoco puedo decir que fuera peor, la única diferencia es que en el pasado era más joven, nada más. Apoyé la taza de café sobre la mesita de caña y juncos. Me apoltroné sobre el pequeño sillón y mi atención se fijó en el grupo de viviendas sociales de la vereda de enfrente. Recordé que el solar dónde se asentaban, aledaño a las vías del ferrocarril Mitre, primero había sido ocupado por un corralón de materiales, luego por un obrador durante la ampliación del metro y posteriormente por unas cuantas canchas de fútbol para seis jugadores. Finalmente, no recuerdo durante qué gobierno, varios terrenos del Estado se destinaron a la construcción de monoblocks para gente de “bajos recursos”, y ese fue el destino último de ese predio que alguna vez muchos nos ilusionamos se convertiría en una verde placita.

Después de la ducha mi aspecto había mejorado, o al menos eso creí. Cuatro apretones al pulverizador del Jazz y ya estaba listo para salir. Mientras me rociaba caí en cuenta que usaba ese perfume desde hacía muchísimos años. El viejo Jazz, de Yve Saint Laurent, un sobreviviente en una época de cambios impiadosos. “Yo también he sobrevivido”, me dije con cierta ironía.

Cerré la llave de gas, verifiqué que nada eléctrico permaneciera encendido, y partí raudo antes que llegara la melancolía que cada día me visitaba. Puntualmente.

El tren me llevó hasta Aeropuerto Internacional de Ezeiza.
No quedaba cerca de casa pero había tomado la costumbre de ir hacia allí. Pasaba muchas horas en ese lugar. Parece mentira que un sitio tan impersonal se hubiese convertido en parte de mí. Miraba los aviones partir y llegar pero lo que más me gustaba era ver a la gente. Jugaba a imaginarme hacia dónde irían y luego con disimulo los seguía hasta la zona de embarque para ver si había acertado.
Me encantaba ver la cara de los niños, sobre todo los “primerizos”. Ellos tocaban las nubes horas antes de volar sobre ellas.

Para los pasajeros frecuentes el aeropuerto no era más que un mal necesario, o en el mejor de los casos un paso obligado, pero para otros podía significar una bisagra en sus vidas. Yo evitaba los sectores de partidas. Aún en esta época algunas despedidas son terribles. Fui testigo involuntario de escenas desgarradoras que nunca me abandonaron del todo. Por eso a mi me gustaban las llegadas, aunque en silencio sufría con la impaciencia propia del que espera. Algunos encuentros lograron hacerme llorar. Había abrazos interminables, besos, caricias con una ternura más divina que humana. Parecía que nada alcanzaba para expresar el amor guardado por tantos años. A veces yo mismo imaginaba que estaba esperando a alguien, a un viejo amor de ultramar que tardó una vida en llegar.

Algunos días salía del aeropuerto muy contento y otros días salía destrozado, al punto que pasaban semanas hasta que me animaba a volver.

Los guardias de seguridad ya me conocían y aseguraría que alguno de ellos hasta me quería. Miguel, un morocho amable e imponente, invariablemente me preguntaba “¿vuelve mañana, abuelo?”


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