en defensa del lenguaje
Yo no tengo nada contra las putas, al contrario, a no ser que se hagan las decentes, como esa compañera de la que hablé unos días atrás que se acuesta para conseguir alguien que la mantenga. El negocio de las putas es usar la concha, como la del pianista es usar las manos -está bien, las putas también usan la manos- y nada más. Si se toman los cuidados profilácticos no hay nada que decir, al contrario, se ganan la vida con su trabajo y dejan contento a más de uno.
En mi opinión usar la palabra “puta” en forma peyorativa es un error, porque una puta es una mujer que trabaja con su cuerpo, como dice el diccionario. Sí podría ser reprochable la mujer comprometida que se acuesta con uno y con otro, pero esa mujer no es una puta, sino una infiel. La confusión viene porque la infidelidad se concreta en la cama. Si la infidelidad fuera amasar pan con alguien que no sea el marido, a las infieles no las llamaríamos putas sino panaderas.
Hasta las leyes permiten la prostitución. Las leyes penan al proxeneta, no a la prostituta. La puta no engaña a nadie, cambia un servicio carnal por cierta cantidad de dinero. Qué me digan que hay de inmoral en eso. Si hay algo de inmoral será más de parte del cliente, aunque para mí cualquier hombre que tiene relaciones con una puta está exculpado y aclaro que yo no ando ni anduve con putas.
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