señales
“Cuando el alumno está preparado el maestro aparece” dice un viejo proverbio con el que coincidí de inmediato, aunque no por una cuestión mística como podría pensarse, sino por razones completamente prácticas. Mi interpretación era -léase “era”- que las enseñanzas, ya sean las transmitidas por alguien o simplemente por las experiencias de la vida, están siempre presentes sólo las dejamos pasar porque no estamos atentos a ellas, como dice el proverbio, porque no estamos preparados.
Poner atención en algo pareciera que tuviese un efecto creador. Cualquiera que haya adquirido un auto habrá notado que el modelo buscado está mucho más presente en las calles de lo que parecía hasta que uno se decidió por él, o cuando nos diagnostican el síndrome de xxx, comenzamos a encontrar gente que sufre la misma dolencia. Los autos estaban ya en la calle y los enfermos existían de antemano, sólo que no los veíamos. ¿Por qué? Simple, porque no estábamos preparados a prestarles atención.
Seguramente esa forma de pensar haya sido la responsable de que no me percatara de lo extraño de aquella primera señal: un texto resaltado en un libro que en teoría era nuevo. En primer momento supuse que había sido Roberto quién había tenido la gentileza de marcar ese párrafo. Eran muy de él esas cosas. Siempre le gustó darle un toque personal a sus regalos y, aunque nunca lo reconociera, era un estudioso de las ciencias ocultas. Cuando llamé para agradecerle, primero rió, luego se sorprendió y finalmente quedó preocupado. Jamás había tenido ese libro en sus manos y ni siquiera conocía al autor. "Cuídate amigo mío" fueron sus palabras. Ninguno de mis otros amigos se hizo cargo del regalo y consecuentemente tampoco del resaltado amarillo flúo. Algo estaba pasando.
La paloma muerta en el antepecho de la ventana fue lo que me puso en alerta definitivamente. Nadie en su sano juicio colocaría los restos de un ave en la ventana de un piso dieciocho, la paloma vino a morir a mi ventana para advertirme que la muerte está al acecho. La secuencia era clarísima: una paloma blanca, el símbolo de la paz. La paloma estaba muerta, la paz había muerto. No había guerra, ¿a qué paz se referiría la señal? Mi paz interior, era obvio. ¿Quién querría terminar con mi paz interior? No importa quién fuera, no lo conseguiría. Desde ese día que no salgo de aquí y ya ha pasado más de un mes. Cincuenta y cuatro mil cuatrocientos trece minutos, para ser exacto. Ayer terminé la última lata de tomates. Bebo sólo agua de lluvia, descarté el agua corriente porque la han contaminado, lo sé. Las señales llegan ahora desde la televisión o la radio, es sólo cuestión de prestar atención. Ellos han sido claros: hay que resistir. Estoy preparado. Resistiré Capitán...
Comentarios
Publicar un comentario