vivir y dejar vivir


El ego es un juez parcial que siempre falla a nuestro favor.

Yo tenía un jefe cuyas formas ejemplifican mucho de lo que nos pasa. Comenzaré diciendo que era un buen hombre, un hombre razonablemente confiable, que es más de lo que puede decirse de la gran mayoría, pero a pesar de esa característica tan favorable, y de su esencia bondadosa, una parte de él estaba dominada por su ego. “Yo no estoy pintado” solía decir cuando algo de lo que él consideraba debía estar en la órbita de sus decisiones, no pasaba por sus manos. Es razonable evitar que otros resuelvan sobre aquello de lo que uno es responsable, pero no era eso lo que le molestaba, no era un tema operativo, ni legal ni de responsabilidad. A él le dolía en lo personal, no en lo laboral. Él necesitaba ser protagonista, ser respetado y hasta reverenciado, podría decirse. El necesitaba que las cosas fueran hechas de acuerdo a sus ideas ¿Para qué? No sé para qué, pero sé que no era para nada de utilidad.

“Las cosas deben ser hechas como yo digo”, escuchamos muchas veces y decimos otras tantas. Todos nos creemos los dueños de la verdad, pero algunos reconocemos que tal vez haya otras verdades igual de valiosas. Hay personas -muchísimas- que creen ser los dueños siempre, o al menos actúan como si lo fueran. Cuándo se les interroga por qué su verdad es la única, resulta que no pueden justificarlo, o que sus argumentos son endebles. Si se insiste invariablemente su ego se enoja.

Esas posturas rígidas nos arruinan la vida, o en el mejor de los casos disminuyen su calidad. Respetar a alguien es fundamentalmente respetar su individualidad, dejarlo ser, y la manera de demostrarlo es aceptar sus decisiones individuales, mucho más aquellas que no nos afectan. Aquí debe aclararse que el ego siempre se siente afectado, por lo que si nuestra balanza se apoya en él nada en el mundo debiera hacerse sin nuestro beneplácito.

Somos tan propensos a los enojos y las decepciones como producto de ese ego inflado y necesariamente injusto. La sociedad, la familia o no se quien, parece que nos hubiera convencido que debemos salirnos siempre con la nuestra. ¿Dónde quedan los demás?, me pregunto. ¿Por qué no permitimos que cada uno se salga con la suya, en la medida que no nos perjudique? ¿Por qué no permitimos que cada cual pueda ser él mismo? ¿Es peligroso eso? ¿Nos puede afectar negativamente? ¿Si los demás logran ser ellos, nosotros no podremos ser? ¿Dónde ha quedado nuestro sentido de justicia?

Respetar a los demás es primero que nada un servicio a uno mismo, a nuestra propia felicidad, a nuestra paz de espíritu.

Las relaciones humanas podrían ser más fáciles, pero queremos ganar siempre.


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